Esta resolución con que ahora os hablo, días ha que la pudiérades tener conocida; y en cuanto a la palabra que decís os he dado, como estas damos los hombres por alcanzar lo que deseamos, y pudieran ya las mujeres tener conocida esta treta y no dejarse engañar, pues las avisan tantas escarmentadas; y, en fin, por esta parte me hallo menos obligado que por las demás; pues si la di alguna vez, fue sin voluntad de cumplirla y solo por moderar vuestra ira: yo nunca os he engañado, que bien podéis haber conocido que el dilatarlo nunca ha sido por falta de lugar, sino que no tengo ni he tenido tal pensamiento, pues vos sola sois la que os habéis querido engañar, por andaros tras mí sin dejarme; y para que ya salgáis de esa duda y no me andéis persiguiendo, sino que viendo el imposible os aquietéis, perded la esperanza que en mí tenéis, y volviéndoos con vuestra madre, allá entre vuestros naturales buscad marido que sea menos escrupuloso que yo, porque es imposible que yo me fiase de mujer que sabe hacer y buscar tantos disfraces.

Zaida es hermosa, y riquezas no la faltan; amor tiene como vos, y yo se le tengo desde el punto que la vi; y así, en siendo cristiana, que será en previniéndose lo necesario para serlo, le doy la mano de esposo; y con esto acabaremos, vos de atormentarme y yo de padecerlo.

De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la espada y diciendo:

—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y finezas que debes a un ángel?

Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido, o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:

—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.

El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle, porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo muerta sobre su infeliz amante.

Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza, viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle, lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos pusiésemos en salvo; mas no le hallé.

En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe, a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con mortales ahogos y desasosiegos.

Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le diría mi determinación.