Bien conocía yo que no gustaban de que yo fuese tan cuidadosa, mas disimulaban su enfado: y si tal vez le decía al medio moro alguna palabra, me daba en los ojos con que lo podía hacer, que bastaban los riesgos que por mis temeridades y locuras había pasado, y que no era razón por ellas mismas nos viésemos en otros mayores, que tuviese sufrimiento hasta llegar a Zaragoza, que todo tendría remedio.
Llegamos en fin con próspero viaje a Cartagena, y tomada tierra, dimos libertad a los cristianos para que pudiesen ir a su casa. Puesta la ropa a punto, tomamos el camino para Zaragoza; si bien Zaida descontenta, pues quisiera en la primera tierra de cristianos bautizarse y casarse; tan enamorada estaba de su nuevo esposo: y si no lo hizo, fue por mí, que no porque él no deseaba lo mismo.
Llegamos a Zaragoza, siendo pasados seis años que partimos de ella, y a casa de don Manuel, donde halló a su madre muerta y a doña Eufrasia viuda, que habiéndose casado con el primo que esperaba de las Indias, dejándola recién parida de un hijo, había muerto en la guerra de un carabinazo.
Fuimos bien recibidos de doña Eufrasia, y con la admiración y gusto que se puede imaginar. Tres días descansamos, contando los unos a los otros sucesos pasados. Maravillose doña Eufrasia de ver S y clavo en mi rostro, que por Zaida no le había quitado, a quien consolé con decirle eran fingidos y que era fuerza tenerlos hasta cierta ocasión.
Era tanta la priesa que Zaida daba a que la bautizasen, pues se quería casar, que me obligó una tarde, algo antes de anochecer, a llamar a don Manuel, y en presencia de Zaida y su hermana, y demás familia, sin que faltase Luis, que aquellos días andaba más cuidadoso, le dije estas razones:
—Ya, señor don Manuel, que ha querido el cielo, obligado de mis continuos lamentos, que nuestros trabajos hayan tenido fin con tan próspero suceso como haberos traído libre de todos a vuestra casa, y Dios ha permitido que yo os acompañase en lo uno y lo otro, quizá para que viendo por vuestros ojos con cuánta perseverancia y paciencia os he seguido en ellos, paguéis deudas tan grandes: cesen ya engaños y cautelas, y sepa Zaida y el mundo entero que lo que me debéis no se paga con menos cantidad que con vuestra persona; y que estos hierros que están en mi rostro vos solo los podéis quitar, llegando el día en que las desdichas y afrentas que he padecido tengan premio: fuerza es, pues, que ya mi ventura no se dilate, para que los que han sabido mis afrentas y desaciertos sepan mis logros y dichas.
Muchas veces habéis prometido ser mío, y no es razón que cuando otras os tienen por suyo, os tema yo ajeno y os llore extraño: mi calidad ya sabéis que es mucha; mi hacienda no es corta; mi hermosura, la misma que vos buscasteis y elegisteis; mi amor no lo ignoráis; mis finezas pasan a temeridades; por ninguna parte perdéis, antes ganáis; que si hasta aquí con hierros fingidos he sido vuestra esclava, desde hoy sin ellos seré verdadera. Decid, os suplico, lo que queréis que se disponga, para que lo que os pido tenga el dichoso lauro que deseo, y no me tengáis más temerosa, pues ya de justicia merezco el premio que de tantas desdichas como he pasado os estoy pidiendo.
No me dejó decir mas el traidor, pues sonriéndose, a modo de burla dijo:
—¿Y quién os ha dicho, señora doña Isabel, que todo eso que decís no lo tengo muy conocido, y tanto que con lo mismo que habéis pensado obligarme me tenéis tan desobligado, que si alguna voluntad os tenía, ya ni aun pensamiento de haberla habido en mí tengo?
Vuestra calidad no la niego, vuestras finezas no las desconozco, mas si no hay voluntad, no sirve todo esto nada; conocido pudiérades tener en mí desde el día en que partí de esta ciudad, que pues os volví las espaldas, no os quería para esposa; y si entonces aún se me hiciera dificultoso, ¿cuánto más será ahora, que solo por seguirme como pudiera una mujer baja, os habéis puesto en tan civiles empeños?