Estos corsarios moros, como están diestros en tratar y hablar con cristianos, hablan y entienden medianamente nuestra lengua; y así me preguntó el arráez, como me vio herrada, quién era; yo le dije que era mora y me llamaba Zelima, que me habían cautivado seis años había, que era de Fez y que aquel caballero era hijo de mi señor y el otro su criado, y aquella doncella lo era también de mi casa, que los tratase bien y pusiese precio en el rescate, que apenas lo sabrían sus padres cuando enviarían la estimación; y esto lo dije fiada en las joyas y dineros que traía conmigo. Todo lo dicho lo hablaba alto, porque los demás lo oyesen y no me sacasen mentirosa.
Contento quedó el arráez, así con la presa por su interés como por parecerle había hecho un gran servicio a su Mahoma en sacarme, siendo mora, de entre cristianos, y así lo dio a entender haciéndome muchas caricias y a los demás buen tratamiento, y así fuimos a Argel y nos entregó a una hija muy hermosa y niña llamada Zaida, que se holgó tanto conmigo, porque era mora, como con don Manuel, porque se enamoró de él.
Vistiome luego de estos vestidos que veis, y trató que hombres diestros en quitar estos hierros me los quitasen; no porque ellas no usen tales señales, que antes lo tenían por gala, sino porque era S y clavo, que daba señal de lo que yo era, a lo cual respondí que yo misma me lo había puesto por mi gusto y que no los quería quitar.
Queríame Zaida ternísimamente, o por merecerlo yo con mi agrado, o por parecerle podría ser parte con mi dueño para que la quisiese; en fin, yo hacía y deshacía en su casa como propia mía, y por mi respeto trataban a don Manuel, a Luis y a Leonisa muy bien, dejándolos andar libres por la ciudad, habiéndoles dado permiso para tratar su rescate.
Avisé a don Manuel hiciese el precio de todos tres, que yo le daría joyas para ello; de lo cual mostró don Manuel quedar agradecido: solo hallaba dificultad en sacarme a mí, porque en cuanto a esto cierto es que no se podía tratar de rescate; y así aguardamos a los redentores para que se dispusiese todo.
En este tiempo me descubrió Zaida su amoroso cuidado, pidiéndome hablase a don Manuel y que le dijese que si quería volverse moro, se casaría con él y le haría señor de grandes riquezas que tenía su padre, poniéndome con esto en tantos cuidados y desesperaciones que casi me vi en términos de quitarme la vida.
Dábame lugar para hablar despacio a don Manuel; y aunque en muchos días no le dije nada de la pasión de la mora, temiendo su mala condición, dándole a ella algunas fingidas respuestas, unas de disgusto y otras al contrario, la fuerza de los celos, más por pedírselos a mi ingrato que por decirle la voluntad de Zaida, porque el traidor, habiéndole parecido bien, con los ojos deshacía cuanto hacía, me obligó a hacerle sabedor de todo. Después de reñirme mis sospechosas quimeras, me dijo que más acertado le parecía engañarla, que le dijese que él no había de dejar su ley aunque le costase no una vida que tenía sino mil; mas si ella quería venirse con él a tierra de cristianos y ser cristiana, que la prometía casarse con ella, y a esto añadió que yo lo sazonase para atraerla a nuestro intento, que en saliendo de allí estuviese segura que cumpliría con su obligación.
¡Ah, falso, y cómo me engañó en esto como en lo demás! En fin, para no cansaros, Zaida vino en todo muy contenta, y más cuando supo que yo también me iría con ella, y se concertó para de allí a dos meses la partida, pues su padre había de ir a un lugar donde tenía hacienda y casa, que los moros en todas las tierras donde tienen trato tienen mujeres e hijos.
Ya la venganza mía contra don Manuel debía de disponer el cielo, y así facilitó los medios de ella, pues ido el moro, Zaida hizo una carta en que su padre la enviaba a llamar porque había caído en una peligrosa enfermedad, para que el rey la diese licencia para su jornada, por cuanto los moros no pueden ir de un lugar a otro sin ella; y alcanzada, hizo aderezar una galeota bien armada de remeros cristianos, a quienes se avisó con todo secreto el designio, y poniendo en ella todas las riquezas de plata, oro y vestidos que sin hacer rumor podía llevar, y con ella yo y Leonisa, y otras dos cristianas que la servían, que mora no quiso llevar ninguna, don Manuel y Luis, caminamos por la mar la vía de Cartagena o Alicante, donde con menos riesgo se pudiese salir.
Aquí fueron mis tormentos mayores, aquí mis ansias sin comparación, porque como allí no había impedimento que lo estorbase y Zaida iba segura de que don Manuel había de ser su marido, no se negaba a ningún favor que pudiese hacerle; ya contemplaban mis tristes ojos a don Manuel asido de las manos de Zaida, ya miraba a esta colgada de su cuello, y aun volverse los alientos en vasos de coral; porque como el traidor mudable la amaba, él buscaba las ocasiones; y si no llegó a más era por el cuidado con que yo andaba, siendo estorbo de mayores placeres.