Algunos días tardaron las galeras en llegar al puerto, uno de los cuales, estando mi señora fuera con las doncellas y sola yo en casa, don Manuel, acaso deseoso de satisfacerse de su sospecha, vino a mi casa a buscar a mi señor, o a mí, que es lo más cierto, y como entró y me vio, con una sequedad notable me dijo:
—¿Qué disfraz es este, doña Isabel? ¿O cómo las mujeres de tus obligaciones, y que han tenido deseos y pensamientos de ser mía, se ponen en semejantes bajezas?; siéndolo tanto que si alguna intención tenía de que fueses mi esposa, ya la he perdido por el mal nombre que has granjeado conmigo y con cuantos lo supieran.
—¡Ah traidor engañador y perdición mía! ¿Cómo no tienes vergüenza de tomar mi nombre entre tus labios, siendo la causa de esa bajeza con que me baldonas, cuando por tus traiciones y maldades estoy puesta en ella? Y no solo eres causador de esto, mas de la muerte de mi honrado padre, que porque pagues a manos del cielo tus traiciones, y no a las suyas, le quitó la vida con el dolor de mi pérdida. Zelima soy, no doña Isabel: esclava soy, no señora: mora soy, pues tengo dentro de mí misma aposentado un moro renegado como tú, pues lo es quien falta a Dios la palabra que le dio de ser mío, ni tampoco cristiano ni noble, sino un infame caballero; estos hierros y los de mi afrenta tú me los has puesto, no solo en el rostro sino en la fama: haz lo que te diere gusto, que si te ha quitado la voluntad de hacerme tuya, Dios hay en el cielo y rey en la tierra: y si estos no lo hicieren, hay puñales, y tengo manos y valor para quitarte esa vida: para que de mí aprendan las mujeres nobles a castigar hombres falsos y desagradecidos. Y quítateme de delante si no quieres que haga lo que digo.
Viome tan colérica y apasionada que, o porque no hiciese algún desacierto, o porque no estaba contento de los agravios y engaños que me había hecho y le faltaban más que hacer, empezó a reportarme con caricias y halagos que yo no quise por gran espacio admitir, prometiéndome remedio a todo. Queríale bien, y creíle (perdonadme estas licencias que tomo en decir esto; y creedme que más llevaba el pensamiento de restaurar mi honor que no el achaque de la liviandad). En fin, después de haber hecho las amistades y dádole cuenta de lo que me había sucedido hasta aquel punto, me dijo que pues ya estas cosas estaban en este estado, pasasen así hasta que llegásemos a Sicilia, que allá se tendría modo como mis deseos y los suyos tuviesen dichoso fin, y con esto nos apartamos, quedando yo contenta, mas no segura de sus engaños; mas para la primera vez no había negociado muy mal.
Vinieron las galeras y embarcámonos en ellas con mucho gusto mío, por ir don Manuel en compañía de mis dueños y en la misma galera que yo iba, donde le hablaba y veía a todas horas, con gran pena de Luis, que como no se le ocultaban mis dichas, andaba muy triste, con lo que confirmaba el pensamiento que tenía de que era don Felipe, mas no se lo daba a sentir por no darle mayores atrevimientos.
Llegamos a Sicilia y aposentámonos todos dentro de palacio. En reconocer la tierra y tomarla cariño se pasaron algunos meses, y cuando entendí que don Manuel diera orden de sacarme de esclava y cumplir lo prometido, volvió de nuevo a matarme con tibiezas y desaires; tanto que aun para mirarme le faltaba voluntad, y era que había dado en andar distraído con mujeres y juegos, y lo cierto de todo, que no tenía amor, con que llegaron a ser mis ahogos y tormentos de tanto peso que de día ni de noche se enjugaban mis tristes ojos, de manera que no fue posible encubrírselo a Leonisa, aquella doncella con quien profesaba tanta amistad, que sabidas debajo de secreto mis tragedias, y quién era, quedó fuera de sí.
Queríame tanto mi señora que, por dificultosa que fuera la merced que le pedía, me la otorgaba, y así por poder hablar a don Manuel sin estorbos y decirle mi sentimiento, la pedí una tarde licencia para que con Leonisa fuera a merendar a la marina, y concedida, pedí a Luis dijera a su amo que unas damas le aguardaban en la marina, mas que no dijese que era yo, temiendo que no iría.
Nos fuimos a ella, y tomamos un barco para que nos pasase a una isleta, que tres o cuatro millas dentro del mar se mostraba muy amena y deleitosa. En esto llegaron don Manuel y Luis, que habiéndonos conocido, disimulando el enfado, solemnizó la burla. Entramos todos cuatro en el barco con dos marineros que le gobernaban; y llegando a la isleta salimos en tierra, aguardando en el mismo barquillo los marineros para volvernos cuando fuese hora (que en esto fueron más dichosos que los demás).
Sentámonos debajo de unos árboles y estuvimos hablando en la causa que allí me había llevado, yo dando quejas y don Manuel disculpas falsas y engañosas, como siempre.
De la otra parte de la isleta había dado fondo en una quiebra o cala de ella una galeota de moros corsarios de Argel, y como desde lejos nos viesen, saltaron en tierra el arráez y otros moros, y viniendo encubiertos hasta donde estábamos, nos sorprendieron de modo que ni don Manuel ni Luis pudieron ponerse en defensa, ni nosotros huir; y así nos llevaron cautivos a su galeota, haciéndose, luego que tuvieron presa, a la mar, pues no se contentó la fortuna con haberme hecho esclava de mi amante, sino de moros, aunque en llevarle a él conmigo no me servía de tanta pena el cautiverio. Los marineros, viendo el suceso, remando a boga arrancada, como dicen, se escaparon, llevando la nueva de nuestro desdichado suceso.