—Así lo creo —respondí—: mas dime, ¿cómo has venido aquí?
—Buscándote, y con determinación de quitar la vida a quien ha sido parte para que tú hagas esto; y con esta intención entré a servirle.
—No trates de eso, que es perderme para siempre; que aunque don Manuel es falso y traidor, está mi vida en la suya; fuera de que yo trato de cobrar mi perdida opinión, y con su muerte no se granjea sino la mía, que apenas harías tú tal cuando yo misma me matase.
Esto le dije porque no pusiese su intención en ejecución.
—¿Qué hay de mi madre, Luis?
—¿Qué quieres que haya —respondió—, sino que pienso que es de diamante, pues no la han acabado las penas que tiene? Cuando yo partí de Zaragoza quedaba disponiendo su partida para Murcia; lleva consigo el cuerpo de tu padre y mi señor, por llevar más presentes sus dolores.
—¿Y por allá qué se platica de mi desacierto? —dije yo.
—Que te llevó don Manuel —respondió Luis— porque Claudia dijo lo que pasaba; con que tu madre se consoló algo en tu pérdida; y pues la parece que con tu marido vas, que no hay que tenerte lástima; no como ella, que le lleva sin alma. Yo, como más interesado en haberte perdido y como quien sabía más bien que no te llevaba don Manuel, antes iba huyendo de ti, no la quise acompañar, y así he venido donde me ves y con el intento que te he manifestado, el cual suspenderé hasta ver si hace lo que como caballero debe; y de no hacerlo me puedes perdonar, que aunque sepa perderme y perderte, vengaré tu agravio y el mío, y cree que me tengo por bien afortunado en haberte hallado, y en merecer que te fíes de mí y me hayas manifestado tu secreto antes que a él.
—Yo te lo agradezco —respondí—: y por que no sientan mal de conversación tan larga, vete con Dios, que lugar habrá de vernos; y si hubieres menester algo, pídemelo, que aún no me lo ha quitado la fortuna todo, que bien tengo que darte, aunque sea poco para lo que mereces y yo te debo.
Y con esto y darle un doblón de a cuatro, le despedí; y cierto que nunca más bien me pareció Luis que en esta ocasión: lo uno, por tener de mi parte algún arrimo, y lo otro, por verle con tan honrados y alentados intentos.