Como os he contado, entré cuidadosa de haber visto a Luis, y llamando un criado de los de casa le pregunté qué mancebo era aquel que servía a la mesa con los demás.

—Es —me respondió— un criado que en este mismo día recibió el señor don Manuel, porque el suyo mató un hombre, y está ausente.

—Yo le conozco —repliqué— de una casa donde yo estuve un tiempo, y cierto que me holgara hablarle, que me alegra ver acá gente de donde me he criado.

—Luego —dijo— entrará a comer con nosotros y podrás hablarle.

Acabose la comida y entraron todos los criados, y Luis con ellos: sentáronse a la mesa, y cierto que yo no podía contener la risa, a pesar de mis penas, de ver a Luis, que mientras más me miraba más se admiraba, y más oyéndome llamar Zelima, no porque no me había conocido sino de ver al extremo de bajeza que me había puesto por tener amor.

Pues como se acabó de comer, aparté a Luis y díjele:

—¿Qué fortuna te ha traído, Luis, adonde yo estoy?

—La misma que a ti, señora mía, querer bien y ser mal correspondido, y deseos de hallarte y vengarte en teniendo lugar y ocasión.

—Disimula, y no me llames sino Zelima, que esto importa a mis cosas, que ahora no es tiempo de más venganzas que las que amor toma de mí, que yo he dicho que has servido en una casa donde me crié y que te conozco por ese motivo; y a tu amo no le digas que me has conocido ni hablado, que más me fío de ti que de él.

—Con seguridad lo puedes hacer —dijo Luis—, que si él te quisiera y estimara como yo, no estuvieras en el estado que estás ni hubieras causado las desdichas sucedidas.