En fin, todo se dispuso tan a gusto mío que antes que pasasen ocho días ya estaba vendida en cien ducados, y esclava, no de los dueños que me habían comprado y dado por mí la cantidad que digo, sino de mi ingrato y alevoso amante, por quien yo me quise entregar a tan vil fortuna.
En fin, satisfaciendo a Octavio con el dinero que dieron por mí y alguna cosa más de lo que yo tenía, se despidió para volverse a su casa con tan tierno sentimiento que, por no verle verter tiernas lágrimas me aparté de él sin hablarle, quedando con mis nuevos amos no sé si triste o alegre, aunque en encontrarlos buenos fui más dichosa que en lo que hasta aquí he referido; demás que yo los supe agradar y granjear, de modo que antes de muchos días me hice dueño de su voluntad y casa.
Era mi señora moza y de afable condición, y con ella y otras dos doncellas que había en casa me llevaba tan bien que todos me querían como si fuese hija de cada una y hermana de todas, particularmente con la una de las doncellas, cuyo nombre era Leonisa, que me quería con tanto extremo que comía y dormía con ella en su misma cama. Esta me persuadía que me volviese cristiana, y yo la agradaba con decir lo haría cuando llegase la ocasión, y que yo lo deseaba más que ella.
La primera vez que me vio don Manuel fue un día que comía con mis dueños; y aunque lo hacía muchas veces, por ser amigos, no había tenido yo ocasión de verle porque no salí de la cocina hasta el día que digo, que vine a traer un plato a la mesa, quien como pusiese en mí sus aleves ojos y me reconociese, aunque le debió de desvanecer su vista la S y clavo de mi rostro, tan perfectamente imitado al natural que a nadie diera sospecha de ser fingidos, en medio de sus dudas se olvidó de llevar el bocado a la boca, pensando qué sería lo que miraba, porque por una parte creyó ser la misma que era, y por otra no se podía persuadir que yo hubiese cometido tal delito, como ignorante de las desdichas por su causa sucedidas en mi triste casa.
A mí no me causó menos admiración otra novedad que advertí, y fue que como le vi que me miraba tan suspenso, por no desengañarle tan presto aparté de él los ojos y púselos en los criados que estaban sirviendo. En compañía de dos que había en casa vi a Luis, el mismo que servía en la mía; admireme, y vi que Luis estaba tan pasmado de verme en tal hábito como don Manuel; y como me tenía más fija en su memoria que don Manuel, a pesar de los fingidos hierros me había conocido.
A tiempo de volverme adentro, oí que don Manuel había preguntado a mis dueños si era la esclava que habían comprado.
—Sí —dijo mi señora—, y es tan bonita y agradable que me da el mayor desconsuelo el ver que es mora, y diera doblado de lo que costó por que se hiciese cristiana, y casi me hace verter lágrimas ver en tan linda cara aquellos hierros, y doy mil maldiciones a quien tal puso.
A esto respondió Leonisa, que estaba presente:
—Ella misma dice que se los puso por un pesar que tuvo de que por su hermosura le hubiesen hecho un engaño, y ya me ha prometido a mí que será cristiana.
—Bien ha sido menester que los tenga —respondió don Manuel— para no creer que es una hermosura que yo conozco en mi patria; mas puede ser que naturaleza hiciese esta mora en la misma estampa.