Se sentaron a cenar, y como vi acomodado lugar para mi loca determinación, por estar los criados y criadas divertidos en servir la mesa, y si aguardara más fuera imposible surtir efecto mi deseo, porque Luis cerraba las puertas de la calle y se llevaba las llaves; sin dar parte a nadie, ni a Claudia, con ser la secretaria de todo, por una que daba desde mi aposento a un corredor, me salí y puse en la calle.

A pocas de mi casa estaba la del criado que he dicho había despedido mi padre cuando recibió a Luis, la que yo sabía medianamente, porque lastimada de su necesidad, por ser anciano, le socorría y aun visitaba las veces que sin mi madre salía fuera: fuime a ella, donde el buen hombre me recibió con harto dolor de mi desdicha, que ya sabía él por mayor, habiéndole dado palabra que, en haciéndose mis bodas, le traería a mi casa.

Reprendió Octavio, que este era su nombre, mi determinación; mas viendo que ya no había remedio, hubo de obedecer y callar, y más cuando supo que traía dineros y que le di a él parte de ellos. Allí pasé aquella noche cercada de penas y temores, y a otro día le mandé fuese a mi casa y, sin darse por entendido, hablase a Claudia y la dijese que me buscaba a mí, como hacía otras veces, y viese qué había y si me buscaban.

Fue Octavio y halló, ¿qué halló?, el remate de mi desventura. Cuando llego a acordarme de esto no sé cómo no se me hace pedazos el corazón. Llegó Octavio a mi desdichada casa, y vio entrar y salir toda la gente de la ciudad, y admirado entró él también con los demás, buscando a Claudia, y hallándola triste y llorosa, le contó cómo acabando de cenar entró mi madre donde yo estaba para saber qué mal me afligía, y como no me halló preguntó por mí; a lo que todos respondieron que sobre la cama me habían dejado cuando salieron a servirla; y que habiéndome buscado por dentro y fuera de la casa, como hallasen las llaves de los escritorios sobre la cama y abierta la puerta que salía al corredor, que siempre estaba cerrada, y mirasen los escritorios y viesen la falta de ellos, luego vieron que no faltaba en vano. A cuyo suceso empezó mi madre a dar gritos; acudió mi padre a ellos y sabiendo la causa, como era hombre mayor, con la pena y susto que recibió dio una caída de espaldas, privado de todo sentido; y que ni se sabe si de ella o si del dolor había sido el desmayo tan profundo que no volvió más de él.

De todo esto fue causa mi facilidad: díjole también que aunque los médicos mandaban se tuviese sin enterrar las horas que mandaba la ley, que era excusado, y que ya se trataba de hacerlo; que mi madre estaba poco menos, y que con estas desdichas no se hacía caso de la mía, si no era para afear mi mal acuerdo; que mi madre había sabido lo que pasaba con don Manuel; que en volviendo yo las espaldas todos habían dicho lo que sabían, y que no había consentido buscarme, diciendo que pues yo había elegido el marido a mi gusto, que Dios me diese más dicha con él que había dado a su casa.

Volvió Octavio con estas nuevas, bien tristes y amargas para mí, y más cuando me dijo que no se platicaba por la ciudad sino de mi suceso. Dobláronse mis pasiones y casi estuve en términos de perder la vida; mas como aún no me había bien castigado el cielo por ser causa de tantos males, me la quiso guardar para que pasase los que faltaban.

Animeme algo con saber que no me buscaban, y después de coser todas mis joyas y algunos doblones en parte donde los trajese conmigo sin ser vistos, y dispuesto lo necesario para nuestra jornada, pasados cuatro o seis días, una noche nos pusimos Octavio y yo en camino, y partimos la vía de Alicante, donde iba a embarcarse mi ingrato amante. Llegamos a ella, y viendo que no habían llegado las galeras, tomamos posada hasta ver el modo que tendría en dejarme ver de don Manuel.

Iba Octavio todos los días adonde el señor almirante posaba: veía a mi traidor esposo (si le puedo dar este nombre) y veníame a contar lo que pasaba, y entre otras cosas me dijo un día cómo el mayordomo buscaba una esclava, y que, aunque le habían traído algunas, no le habían gustado.

En oyendo eso me determiné a otra mayor fineza o a otra mayor locura que las demás, y como lo pensé lo puse por obra, y fue que, fingiendo clavo y S para el rostro, me puse en hábito conveniente para fingirme esclava y mora, poniéndome por nombre Zelima, diciendo a Octavio que me llevase y dijera era suya, y que si agradaba no reparase en el precio.

Mucho sintió Octavio mi determinación, vertiendo lágrimas en abundancia por mí; mas yo le consolé con advertirle no ser este disfraz sino para proseguir mi intento y traer a don Manuel a mi voluntad, y que teniendo a los ojos a mi ingrato, sin conocerme, descubriría su intento. Con esto se consoló Octavio, y más con decirle que el precio que le diesen por mí se aprovechase de él, y me avisase a Sicilia de lo que mi madre disponía de sí.