Llegó el día de la partida, y despedido de todos los de su casa, al despedirse de mí, que de propósito había pasado a ella para despedirse, que como inocente de su engaño, aunque me pesaba, no era con el extremo que si supiera la verdad de él, vi más terneza en sus ojos que otras veces; porque al tiempo de abrazarme no me pudo hablar palabra, porque se le arrasaron los ojos de agua, dejándome confusa, tierna y sospechosa; si bien no juzgué sino que hacía amor algún milagro en él y conmigo; y de esta suerte pasé aquel día, ya creyendo que me amaba, vertiendo lágrimas de alegría, ya de tristeza de verle ausente: y estando ya cerrada la noche, sentada en una silla, la mano en la mejilla, bien suspensa y triste, aguardando a mi madre que estaba en visita, entró Luis, el criado de mi casa, o por mejor acertar, don Felipe, aquel caballero pobre que por serlo había sido tan mal mirado de mis ojos que no había sido ni antes ni en esta ocasión conocido de ellos, y que servía por solo servirme. Y viéndome como he dicho me dijo:

—¡Ay señora mía, y cómo si supieses tu desdicha, como yo la sé, esa tristeza y confusión se volvería en pena de muerte!

Asusteme al oír esto, mas por no impedir saber el cabo de su confusa razón, callé, y él prosiguió diciéndome:

—Ya no hay que disimular, señora, conmigo, que ha muchos días que yo imaginaba estos sucesos, mas ahora es diferente, que ya sé toda la verdad.

—¿Vienes loco, Luis? —le repliqué.

—No vengo loco —volvió a decir—; aunque pudiera, pues no es tan pequeño el amor que como a señora mía te tengo, que no me pudiera haber quitado el juicio, y aun la vida, lo que hoy he sabido; y porque no es justo encubrírtelo más, el traidor don Manuel se va a Sicilia con el almirante, con quien va acomodado por gentilhombre suyo; y además de haber sabido, de su criado mismo, que por no satisfacerte a la obligación que te tiene ha hecho esta maldad, yo le he visto por mis ojos partir esta tarde: mira qué quieres que se haga en esto; que a fe de quien soy, y que soy más de lo que tú imaginas, como sepa que tú gustas de ello, que aunque piense perder la vida te ha de cumplir lo prometido o que hemos de morir él y yo por ello.

Disimulando mi pena, le respondí:

—¿Y quién eres tú, que cuando aqueso fuese verdad, tendrías valor para hacer lo que dices?

—Dame licencia —respondió Luis—, que después de hecho lo sabrás.

Acabé de enterarme de la sospecha que al principio dije había tenido de ser don Felipe, como me lo había dado a entender su aire; y queriéndole responder, entró mi madre, con que cesó la plática; y después de haberla recibido, porque me estaba ahogando en mis propios suspiros y lágrimas, me entré en mi aposento y arrojándome sobre la cama no es necesario contaros las lástimas que dije, las lágrimas que derramé y las determinaciones que tuve, ya de quitarme la vida, ya de quitársela a quien me la quitaba, y al fin admití la peor y la que ahora oiréis, que estas eran honrosas; y la que elegí, con la cual me acabé de perder, fue levantarme con más ánimo que mi pena prometía, y tomando mis joyas y las de mi madre y muchos dineros en plata y en oro, porque todo estaba en mi poder, aguardé a que mi padre viniese a cenar, y habiendo venido, me llamaron, mas yo respondí que no me sentía buena, que después tomaría una conserva.