DESENGAÑO SEGUNDO.
LA MÁS INFAME VENGANZA.
Acabada la música, ocupó la hermosa Lisarda el asiento situado para las que habían de desengañar, temerosa de haber de mostrarse apasionada contra los hombres, estando su amado don Juan presente; mas pidiéndole licencia con sus hermosos ojos, como si dijera: «Más por cumplir con la obligación que por ofenderte hago esto», empezó así:
—Mandásteme, hermosa Lisis, que fuese la segunda en dar desengaños a las damas, de que deben escarmentar en sucesos ajenos para no dejarse engañar de los hombres; y cierto que más por la ley de la obediencia me obligo a admitirlo que por sentir que tengo de acertar.
Lo primero, porque aún no he llegado a tiempo de desengañarme a mí, pues aún apenas sé si estoy engañada, y mal puede quien no sabe un arte, sea el que fuere, hablar de él, y tengo por incivilidad decir mal de quien no me le ha hecho; y con esto mismo pudiera disculpar a los hombres; pues lo cierto es que los que se quejan están agraviados, que a no ser así no son tan menguados de juicio que dijeran tanto mal como de las mujeres dicen: y para que ni ellos se quejen, y yo cumpla con lo que me es mandado, sucintamente referiré un caso que sucedió a una principal dama, con lo que me parece desengañaré a las que hubieren menester desengañarse; y sobre todo pienso que no conseguiré fruto alguno.
Por donde la hermosa doña Isabel ha salido tan bien de su empeño, escarmentando a todas con su mismo suceso, no deja de ser atrevimiento querer ninguna lucir como ha lucido, y menos mi entendimiento, que carece de todo acierto; mas suplicando a todo este auditorio hermoso y noble perdonéis las faltas de él, digo así:
No ha muchos años que en la nobilísima y populosa ciudad de Milán había un caballero dotado de todas las prendas, gracias y prerrogativas de que puede colmar naturaleza y fortuna; si bien en mocedades y juegos disminuyó lo más de su hacienda. Era español, y como con un honrado cargo en la guerra había pasado a aquel país, casó allí con una dama igual a su calidad, aunque no rica, con que vino a ser su hacienda bastante para poder pasar una modesta y descansada vida, no sobrándole ni faltándole para criar dos hijos que tuvo de su matrimonio.
Con algún regalo nació primero Octavia, llamándose así por su madre: y el segundo don Juan, de quien no diré el apellido; que cuando los hombres con sus flaquezas desdoran su linaje, es mejor encubrirle que manifestarle.