Era Octavia, aunque mayor que su hermano seis años, de las más hermosas mujeres de aquel reino: así no lo fuera en las gracias, donaire y entendimiento; pues quien sin verla la oía, la admiraba fea cuando la celebraba hermosa.

Llegando pues a la edad en que más campea la belleza, se enamoró de ella, viéndola en un festín, un hijo de un senador, mozo, galán, entendido y rico; partes para que no tuviera Octavia mucha culpa en corresponderle; mas era cuerda, y notó que ya no es dote la hermosura, y que Carlos, que este era su nombre, era rico y no se había de casar con quien no lo fuese; con cuyos temores se defendió algún tiempo: así lo hiciera siempre y no fuera causa de las desdichas que después sucedieron; pues, como he dicho, vio Carlos a Octavia en un festín, regocijo usado en aquella tierra; y viéndola se perdió, o lo dio a entender; que para mí lo peor que siento de los hombres es que publican más que sienten.

No miró Octavia mal a Carlos, mas viendo el imposible (aunque no para lo que merecía su hermosura), detuvo el afecto del mirar para no llegar a sentir; porque como no pensaba hacer lo que las comunes, no tenía por acertado empeñarse en amar sino a quien pudiese ser su esposo; y que ya que su desdicha la encaminase a rendirse, fuese obligándose a serlo.

¡Oh, qué de desengaños han padecido por esta parte las mujeres, y cuantas desengañadas tienen los hombres, cuando ya no tienen remedio!

Muy cautivo se halló Carlos de la belleza de Octavia, mas no con el pensamiento que ella tenía, que era el matrimonio, porque en tal caso no pensaba Carlos salir de la voluntad de su padre, que entendía no había hasta entonces nacido mujer que igualase a su hijo: mas pareciole que como Octavia no era rica, pues sus padres no poseían sino una honrada medianía, que con joyas y dineros conquistaría este imposible de hermosura; y a no bastar esto, valerse de la fuerza o de algún empeño; que esto es echar, como dicen, por el atajo; y así, empezó primero su conquista con suspiros, y con pasear su calle de día y de noche; mas a esto Octavia, si no descuidada, a lo menos advertida de que con no verlo ni oírlo se había de defender, se negaba a todo huyendo de la vista de Carlos, aumentando en él con estos desvíos o el amor o el deseo, que tal vez los hombres suelen volver en tema la voluntad.

No gozaba Carlos sin competidores de su amor mal correspondido: pues como Octavia era hermosa, había muchos deseosos de merecer sus divinas prendas, y con más honestos pensamientos que Carlos; mas Octavia los hacía a todos iguales: y si de alguno se dejaba llevar su altivo desdén, era de un deudo de su madre que mediante el parentesco la trataba con mucho más cariño, por visitarla algunas veces, y él andaba buscando ocasión para pedirla a su padre por esposa.

No ignoraba esto Carlos que, como era rico, sobornó a los criados, y estos regularmente son descubridores de lo más oculto que sus amos hacen. Como le era imposible decirla ni su amor ni sus celos, por no darle lugar la dama, una noche de las calurosas de julio, sentado debajo de los balcones como otras veces le sucedía, al son del templado instrumento de sus lastimosos suspiros, cantó este soneto:

Apenas en amor di el primer paso,

Cuando en rabiosos celos di de ojos:

¡Ay qué crueles penas! ¡ay qué enojos!