Con estos sucesos cesó el poder entrar Carlos en su casa como solía; no porque don Juan supiese nada, sino por temor de que no lo entendiese, viendo que Carlos no quería, por temor de su padre, que se publicase; de manera que apenas se veían si no era pasando por la calle, y eso con mil temores, por conocer la arrebatada condición de don Juan y que con él no había hora segura; de que los dos amantes estaban tan impacientes, que ni Carlos vivía ni sosegaba, ni Octavia enjugaba sus ojos: el mayor alivio que tenían era escribirse por medio de aquella criada dicha, la cual un día trajo un papel a su señora, que Carlos le dio, con estas décimas; habiendo tomado asunto para ellas haber visto a Octavia en el balcón muy triste y llorosa, como la que más sentía el estar apartada de su esposo, que tal creía que era Carlos:
Triste estáis, dueño querido,
Y puedo decir que al sol
Le ha faltado el esplendor
De que siempre está vestido:
El gusto tenéis perdido,
Y yo no os le puedo dar;
Mas si para remediar
La alegría perdida,
Habéis menester mi vida,