—No sé, Carlos, cómo me tienes por tan cruel e ingrata como has mostrado y das a entender en tus versos, pues has merecido llegar al favor que hoy gozas, a pesar de mi recato y nobleza, sin haberme asegurado de un dichoso fin en tu pretensión; y yo, por quererte bien, aún no he reparado en eso ni mirado lo mal que le está a mi opinión, y a la de mis padres y hermanos, galanteos sino de quien ha de ser mi esposo, y ahora, mal hallado con la merced que te hago, te quejas de ingratitudes y crueldades cuando debieras mirar que fuera tenerlas conmigo misma, si hiciera lo que pides sin resguardo de mi honor: tú sí que eres cruel conmigo, pues pudiéndome hacer dichosa, me haces desdichada; que claro es que perderé esposo por tu causa, y no te ganaré a ti, como si desmereciera yo esta dicha.
Pobre soy para igualarme a tu riqueza; en esto confieso que me excedes, pero en lo demás te igualo; y cuando no lo fuera, amor iguala bajezas con grandezas fiadoras: esta poca o mucha belleza que tengo, que esto será lo que tú quieres, ¿por qué estás cobarde de hacerla tuya? Y cuando haciéndolo me conozcas ingrata, entonces te podrás levantar por desvalido, y si no, conténtate con lo que alcanzas y no te quejes; y para que en ningún tiempo lo puedas hacer justamente de mí, te digo que, menos que siendo mi esposo, ni pidas más ni alcanzarás más; y aun esto lo he hecho pareciéndome a mí que un hombre de tu entendimiento y capacidad, el día que se puso y determinó a amar una mujer de mi calidad y prendas, no había de ser con otro intento y fin.
Con esto calló; y Carlos, como no lo había de cumplir, no se le hizo dificultoso prometerlo, y así la respondió:
—Hermoso dueño mío, no quiera el cielo que por cosa que a mí me está bien me quite a mí propio la dicha de ser vuestro y de gozar los favores que tanto deseo; y para conseguirlo y teneros a vos segura, y que vos lo estéis de mí, yo os daré, no una vez sino mil, la fe y palabra de ser vuestro esposo; pero con la condición de que por ahora esté secreto, por la avara y civil condición de mi padre que piensa darme mujer aún más rica que él, sin mirar que la riqueza más grande es vuestra hermosura.
¡Qué liberal promete Carlos, y qué ignorante cree Octavia! Liviandad me parece; mas vaya, que ella se hallará burlada; que promesas de rico a pobre pocas veces se cumplen, y más en casos amorosos.
Quería Carlos alcanzar, y prometía; y quería Octavia marido de las prendas de Carlos, y así, pareciéndola que con el dote de la hermosura la bastaba, aceptó, dándole a Carlos las gracias: y Carlos, después de haber venido la criada, tercera en estas locuras, delante de ella la dio fe y palabra de ser su marido.
¡Ah, Octavia, y qué engaño se te previene! En la hermosura te fías, sin mirar que es una flor que en manoseándola un hombre se marchita, y en marchitándose la arroja y la pisa. Este es el mismo desengaño, hermosas damas; no creáis que ningún hombre lo que hace enamorado lo hará después arrepentido; y si alguno lo ha hecho, es un milagro, y aun después lo hace pagar bien caro.
Riose Octavia: ¡oh mujer fácil! Abrió a Carlos la puerta: ¡oh loca! Entregó la joya más rica que una mujer tiene: ¡oh hermosura desdichada! No quiero decir más en esto, que el mismo suceso desengañará. Gozaron sus amores muchos días, entrando Carlos con secreto en casa de Octavia. No se arrepintió Carlos tan presto, pues antes se hallaba muy gustoso con su amada prenda, y ella teniéndose por extremo dichosa.
Ocasionáronse en este tiempo las largas y peligrosas guerras de aquellos reinos, que no solo lloran ellos sino nosotros; pues de esto se originó entrársenos en España y costarnos a todos tanto como cuesta; y en una de las batallas que se dieron murió el padre de Octavia, por seguir ya anciano el ejercicio de su mocedad, que eran las armas; y su madre a pocos meses murió también de pena de haber perdido su amado esposo. ¡Dichosos en perder la vida antes que se la acabara ver la perdición de su hija!
Don Juan, luego que supo la muerte de sus padres y que ya no tenía freno a sus travesuras, vino al punto a Milán, más cursado en juegos y amoríos que en los estudios; que como no los seguía de voluntad, mas de por la fuerza que le hacía su padre, no había aprovechado nada en ellos, sino contribuido a acabar parte de la hacienda que había, y arrimando los hábitos y libros empezó a gastar la que había quedado, sin mirar que tenía una hermana moza, hermosa, y por tomar estado; y para que ella no gastase nada, la tenía tan encerrada y necesitada de todo que, aunque él no la tuviera así, ella misma se quitara de los ojos de todos por no parecer en menos porte que el que traía en vida de sus padres; porque aunque tenía algunas joyas de valor que Carlos la había dado, no osaba que don Juan se las viese; porque tan presto como llegaran a sus ojos las tuviera puestas con dueño.