Más es que yo venturoso.

Muchos días, como he dicho, se pasaron sin que estos dos amantes pudiesen dar alivio a sus penas; porque don Juan, o de celoso, o mal intencionado, el día que iba a misa no se quitaba de su lado; que otras visitas no se las dejaba hacer: con que Carlos estaba desesperado y Octavia perdía el juicio; hasta que sucedió que en una casa de juego, sobre jugar una suerte mató a un caballero principal de la ciudad, y queriéndole prender por ella se escapó y retiró a un convento, viendo que si le prendían no le iría muy bien, respecto de traerle ya sobre ojo la justicia por sus travesuras; y desde allí avisó por un papel a su hermana que, deshaciéndose de algunas cosas de casa, le juntase el dinero que pudiese para ponerse a mejor recaudo; porque le habían avisado trataban de sacarle de la iglesia; que en llegando a Nápoles, donde quería irse, la avisaría o enviaría por ella, dándola asimismo media docena de documentos de lo que había de hacer en su ausencia, quien los pudiera también tomar para él.

Así se hizo como él pidió, supliéndolo todo Carlos porque Octavia no se deshiciese de sus joyas, y con todo secreto fue a ver a su hermana, y despedido de ella, se pasó al reino de Nápoles, quedando Carlos con la ausencia de don Juan por dueño de la casa de Octavia, entrando y saliendo de ella sin ningún recato, restaurando los gustos perdidos con tantos excesos que ya le vinieron a cansar, dando lugar a que toda la ciudad lo murmurase, y a que todas las señoras amigas de Octavia se retrajesen de su comunicación, por estar su fama tan oscurecida.

Más de dos años pasaron de esta suerte, pues aunque Carlos se hallaba ya achacoso de la voluntad, no se atrevía a declararse de todo punto con Octavia, si bien ella vivía ya menos segura de que Carlos la cumpliese la palabra, conociendo en su tibieza su desdicha, porque no le veía con tanta puntualidad ni la trataba con el cariño que antes.

Si muchas noches faltaba al lecho y a las lágrimas que Octavia vertía, y a las bien entendidas quejas que le daba, él ponía por excusa a su padre, diciendo que le reñía porque salía de casa de noche; y si ella le hablaba en razón del casamiento, la respondía que si le quería ver destruido y muerto a manos de su padre: y aunque Octavia le suplicaba que por excusar la ofensa a Dios se casasen en secreto, la decía que si era él persona que cuando llegase la ocasión se había de casar así. Avivó con estas cosas la desconfianza de Octavia, dándose por perdida y dudando de la poca fe de Carlos; martirizaba sus ojos y ajaba su hermosura, mientras Carlos estaba cada día más desapasionado.

¡Ah, qué se les pudiera decir ahora a los hombres, infamando a Carlos de engañador, de falso y mal caballero!; ¡y quién pudiera afear a Octavia su flaqueza, para que las damas, viendo reprender a Octavia, mirasen lo que habían de hacer!; mas este desengaño se lo está diciendo por mí; fíense, fíense, que al cabo se hallarán como Octavia se halló, sin esposo, sin honor y aun sin amante, que Carlos aun de serlo estaba arrepentido.

Carlos no alcanzaba, y se desesperaba: Carlos alcanzó, y se arrepiente: y es lo peor que este Carlos debió de procurar muchos Carlos, que aunque en todos tiempos los ha habido, y hoy lo son todos y todas son Octavias, ni ellos se arrepienten de serlo ni ellas tampoco, cayendo cada día en los mismos hoyos que cayeron los pasados.

Ya, en fin, Carlos, cansado de Octavia, no le parecía tan hermosa ni le agradaba su asistencia, ni le descuidaba su cuidado; y como naturalmente se enfadaba de ella, todo le enfadaba; la asistencia era poca, los cariños eran menos: ya se descuidaba del ordinario sustento, y si se le pedía, ponía ceño; de manera que Octavia se halló en el estado de aborrecida sin saber cómo; y si bien conocía los lazos que en otro tiempo tenían preso a su desconocido dueño, ya los ponderaba dogales para el cuello, y disimulaba cuanto podía por no acabar de perderle.

¡Ah, desdichadas mujeres, que el mismo martirio conserváis por no perderle! ¡Dichosas muchas veces las que, libres de tal mal, conserváis la vida en quietud, sin estar agradando un tirano que cuando más propio le tenéis más perdido!

Finalmente, Carlos aborreció a Octavia, y estaba tan cansado de ella que se pasaban los dos y los tres días sin verla; y si la veía era a fuerza y con poco aliento; y de todo no tenía culpa su padre, que él no la tenía de todo punto, porque aunque eran ya estos amores tan públicos que ni él ni nadie los ignoraba, y le reprendía como padre, y pudiera por esta parte no acudir a ellos, no era tan a menudo que le estorbase lo que él mismo, con el poco gusto que tenía, se estorbaba.