Sucedió, pues (que cuando las desdichas han de venir, no faltan acasos que alienten), que en Navarra murió un caballero, amigo del senador, padre de Carlos, y le dejó por testamentario y tutor de una sola hija que tenía, llamada Camila, de edad de veinte años, medianamente hermosa y sumamente rica: si bien la mayor riqueza de Camila era la virtud, que sobre ser honesta y virtuosa criatura, su entendimiento y demás gracias eran grandes.
Pues como el senador vio la ocasión, aplicó luego tal joya para su hijo, y como lo pensó lo quiso efectuar; y llamándole a solas se lo comunicó, engrandeciendo las prendas de Camila y el acierto que en que fuese su esposa se hacía, añadiendo a esto afearle la amistad de Octavia y diciéndole lo mal que parecía en Milán, aunque la estimase por amiga, cuanto y más tomarla por esposa, pues una mujer que se había rendido a él, ¿qué confianza podía tener que no se rindiese a otro?, y que la hermosura de todos era apetecida; añadiendo a eso que si no ponía remedio en ello, dotándola para que se casase o entrase religiosa, admitiendo la esposa que le proponía, que con la potestad que tenía de juez haría en ella un ejemplar castigo, desterrándola de Milán públicamente por inquietadora de su casa.
Como Carlos ya no amaba a la desdichada Octavia, dando las disculpas a su padre convenientes y asegurándole pondría en orden su vida, y haciendo que Octavia se entrase en un convento, aceptó el casamiento de Camila, aficionándose, como mudable, de la nueva dama que esperaba tener por suya.
Y porque Octavia no le impidiese mediante la palabra que delante de testigos la había dado, añadió un engaño a otro. Fue a ver a Octavia, fingiéndose muy triste; y la afligida dama, como le quería y siempre estaban colgados sus ojos de su semblante, y le vio algunas ternezas en ellos, o falsedades, por no mentir, y dar algunos congojosos suspiros, sintiendo más su pena que él mismo, empezó a temer, y más viendo que Carlos, sin rogárselo, como muchas veces la había sucedido, porque después que la había aborrecido si no era a fuerza de lágrimas no podía alcanzar tal favor, se desnudó y puso en el lecho, haciendo ella lo mismo, para que en aquel amoroso potro confesase, apretado de los lazos que le pusiese al cuello, que no era menester apretarlo mucho, porque él tenía voluntad de decirlo, pues de industria se mostraba tan afligido. Al fin, con amorosas caricias le dijo:
—No sé qué me tema, oh Carlos y señor mío, de lo que veo en ti esta noche, y de tus suspiros en el pecho y lágrimas en los ojos, y que no paras conmigo. La pena que causa esta novedad, a la cuenta yo soy quien te la da; y si es así, cree que será con ignorancia y no de malicia; y entender lo contrario será en ti falta de conocimiento y aun de voluntad; porque si de mí entendiera que pendía ni aun con el pensamiento ofenderte, antes que tú llegaras a saber mi delito me le castigara yo quitándome la vida; y supuesto esto, si quieres que yo más justamente te ayude a sentir lo que sientes, comunica conmigo tu pena y sácame de tanta confusión, que me tienes ahogada en temores y sepultada en sospechas.
No aguardaba más el engañoso Carlos, y así, fingiendo mayores ahogos y más apretados sentimientos, la respondió:
—Mucho me pesa, Octavia mía, que juzgues que es mi pena por desaciertos tuyos; que si alguna cosa me obliga a adorarte y estimarte, es tu cordura y honestidad, pues con ser tu hermosura tanta, es más que tu hermosura, pues si ella me enamoró, tus virtudes me cautivaron; y cree que aunque eres tú la causa de mi sentimiento, no eres tú, supuesto que no tienes más culpa en ella sino por ser desgraciada y no haber nacido rica, ocasión para que mi padre te aborrezca y yo no me atreva a decirle que eres mi esposa; y para no darte la purga en taza dorada, sino que la bebas de una vez, mi padre ha sabido de hecho todos nuestros amores y la asistencia que tengo en tu casa, la continuación con que te asisto, y rematadamente le han dicho que me quiero casar contigo, que le gasto la hacienda y otras cosas en que se adelantó la lengua traidora que se lo dijo; que a saber yo de quién era, la hubiera sacado del lugar donde se halla.
Él está, como padre, enojado; y como juez, airado, y como viejo avaro sin paciencia ha jurado te ha de prender, y por inquietadora de la ciudad y de su hijo desterrarte públicamente, añadiendo que hará buscar a tu hermano, cuando esto no baste, y le obligará con decirle tus flaquezas a que te dé el merecido castigo. No me atreví, según le veía, a declararle la verdad, ni tampoco a casarme luego, por no agravar más el caso ni provocarle a más cólera, porque si ahora, en duda, es su ira tanta, ¿qué será si lo tuviese por verdad? Tengo por sin duda que a entrambos nos quitara la vida.
Esta es mi confusión y tristeza, porque sé cuán aprisa se ejecutará lo que ha dicho: aquí estoy contigo, y te tengo en mis brazos, y te estoy llorando ausente y desterrada con tanta afrenta, o en poder de la ira de tu hermano, adonde corre riesgo tu vida y la mía: ahora que lo sabes, mira si con tu divino entendimiento hallas salida a tantas desdichas como se nos aparejan, pues claro es que pasándolas tú, son tan mías como tuyas.
En gran espacio no pudo responder Octavia a Carlos, temiendo, como flaca mujer, el daño que la amenazaba, no sospechando de Carlos cautela ninguna, viéndole con tan tiernos sentimientos; mas, cobrándose de la pasión que tenía, le respondió, desperdiciando hermosas perlas: