—¡Ay, Carlos, y qué de días ha que ha temido y teme esto mi triste corazón! Y cuando te rogaba con tantas ansias que me hicieras de todo punto dichosa, no era por temer que me habías de faltar a la palabra dada, sino por escapar de esta tempestad con honor, y tú creías que era desconfianza de tu amor; que si estuvieras casado conmigo, a lo hecho ¿qué podía hacer tu padre?, pues no aventuraba a perder más de los bienes de fortuna, que en lo demás no le debo nada. Pedirte en el riesgo que lo hagas es excusado, pues el que no lo hizo en la bonanza de la paz mucho menos se puede esperar lo hará en la tempestad de la guerra; y así, no trato de nada más de huir de la fortuna que me amenaza, fiada en que obrarás como cristiano y como buen caballero. Mira tú ahora dónde será bien esconderme del rigor de tu padre, y si será a propósito salirme de Milán por algunos meses u ocultarme en casa de algún deudo mío.

—No, Octavia mía, no —dijo entonces el cauteloso Carlos—; salirte de la ciudad es muy a costa mía, que no podrán mis ojos, enseñados a mirar tu belleza, vivir sin ella: en casa de ningún pariente, tampoco, porque yo no he de dejar de entrar a verte, y dos veces que sea notado de las espías que me ha de poner mi padre, no hallándote a ti cuando te busque, ha de correr el mismo peligro: lo que me parece más a propósito es entrarte en un convento, y que lleves a él tu hacienda y criadas, y te estés allí algunos meses en tanto que a mi padre se le pase la ira, que viéndote a ti en clausura y a mí obediente, no le durará mucho, que al fin es padre y hará como tal; que cuando yo te saque de él para mi esposa, podrá ser estén las cosas de otra manera: allí te veré todos los días, y te iré dando joyas y dineros para que, pues la codicia de mi padre es tanta, no obstante que a ti la riqueza de tu hermosura te bastara, tengas con que hartarla y satisfacerla.

Concedió Octavia en lo que ordenó Carlos; y no fue mucho que la engañara, según él lo sabía ponderar, y haciéndola mil caricias y prometiéndola de nuevo ser su esposo, se despidió de sus brazos con caudalosos ríos que vertían sus ojos.

Llegó el día, y con él se dispuso todo, de suerte que antes de la noche ya Octavia estaba en el convento y Carlos libre de su embarazo, quien avisando a su padre como ya Octavia estaba en religión, se efectuó el casamiento con Camila, partiéndose el senador mismo a Navarra por ella.

Más de un mes se pasó en disponer las cosas para la boda, visitando en este tiempo cada día a Octavia con tantas finezas y agasajos que, como la dama había visto en él tantos despejos desde que la había aborrecido, y ahora le juzgaba tan amante, daba por bien empleada su reclusión.

Regalábala mucho y dábala joyas de valor, que ella tomaba creyendo que era para la causa que le había dicho, que era aumentar su dote; mas Carlos iba con otra intención, porque como no se había de casar con ella, quería de este modo satisfacer a su obligación, para que, cuando Octavia supiese que se había casado, no lo sintiese tanto, viéndose rica para tomar otro estado, imaginando que con el oro doraría la falta de su fama.

¡Quién hiciera esta traición sino un hombre! Mas quiero callar, que el mismo suceso dice más de lo que yo puedo expresar.

Llegose el día deseado de Carlos, ya nuevamente enamorado de Camila, que aunque no muy hermosa, el trato y ser ropa nueva le hacía apetecerla. Tenía Camila la belleza que ha de tener la propia mujer, pues más en las virtudes que en hermosura ha de florecer; demás que no era tan fea que pudiera por esto ser aborrecida, y cuando lo fuera la hiciera hermosa más de cincuenta mil ducados que tenía de dote, y deseaba ya Carlos verse dueño de todo.

Desposose y velose Carlos con mucho gusto y grandes fiestas, olvidando de todo punto la obligación de Octavia. Pasados dos o tres días en las ocupaciones dichas, ya más moderados los alientos de desear, con haber gozado de su esposa y tenerla ya, como suya, menos apreciada; pues como dijo un galán que otro día después de haberse casado estaba triste, y siendo preguntado si estaba arrepentido, respondió: «¿Pues quién ignora que no fuera casamiento si no lo estuviera?»

En fin, como digo, acordose Carlos de Octavia, y que era fuerza desengañarla: como él no pensaba verla más, la escribió un papel que decía así: