«Cuando los sucesos están dispuestos del cielo, ni sirve desearlos ni pretenderlos: que fueses, hermosísima Octavia, mía, y yo tuyo, se ve que no lo estaba, pues permitió otra cosa. Sabe Dios lo que siento el desengañarte, mas, pues no puede ser menos, mayor crueldad será tenerte engañada que haberte trocado por otra: mi padre me ha casado con una señora de la calidad y nobleza que sabrás tiene mi esposa Camila, demás de haber juntado a mi hacienda cincuenta mil ducados, de que soy dueño, y tú también, si quieres serlo, pues todo estará a tu voluntad si quieres usar de ella como de tu entendimiento espero: ya no sirven lágrimas ni desesperaciones, porque lo hecho no tiene remedio; el tuyo deseo, como quien te ha querido tanto; y así, te suplico pongas la mira en el estado que gustes elegir. Es cierto que por mi gusto el de religiosa te suplico que admitas; yo te ayudaré con mi persona y hacienda, y excusarasme con esto la pena que recibiré en ver la belleza que ha sido mía en poder de otro dueño.»
Había pasado Octavia los días que Carlos había faltado muy angustiada, no pudiendo imaginar la causa, y más no atreviéndose a enviar a saber de Carlos por el peligro que temía, y así que recibió el papel, bien asustada le abrió, le leyó, y viendo en él la sentencia de su muerte en la burlada fe de Carlos, se cayó tan amortecida que, por más remedios que la hicieron, no volvió en sí en muchas horas; y ya que fue restaurada en sus sentidos, hacía tales extremos y cosas como pudiera hacer una mujer loca; y sin duda se quitara la vida si las criadas y religiosas la dejaran sola.
En fin, algo más quieta, de allí a dos días despachó a Nápoles un propio con una carta a su hermano, diciéndole en ella que sin temor de ningún peligro se viniese luego a Milán, que tenía necesidad de él para cosas tocantes a su honor, avisándole dónde estaba para que se viniese allí derecho. Leída la carta por don Juan, al punto se puso en camino.
Licencia me daréis, señores, para que me admire, en este desengaño en que pondero los engaños de los hombres, de la ira de una mujer; mas también me la darán estos mismos para conocer que de la cautela de los hombres nacen las iras de las mujeres, y que por una que procuraba venganza hay mil que no la toman de sí mismas; pues yo aseguro que si todas vengaran las ofensas que reciben como Octavia hizo, no hubiera tantas burladas y ofendidas; mas hay tantas mujeres de tan común estilo que la venganza que toman es, si las engaña uno, engañarse ellas con otro, con que dan lugar a aquel que pudiera temer ultraje a que salga bien de cualquier empeño.
¡Oh, qué mal tiempo que alcanzamos donde tienen por venganza la deshonestidad y el vicio! ¡Cuánto más acierto fuera que a la que le faltan manos para vengarse, dejara al cielo su causa, que él volviera por ella! ¡Ay, hombres, y cómo sois causa de tantos males! Porque ya no hallados con las comunes, buscáis y solicitáis las recatadas y recogidas, y si las vencéis, las dais ocasión o para que sean tan comunes como las demás o que hagan lo que Octavia hizo.
No se dejara vencer Octavia si Carlos no la combatiera a todo riesgo: no se engañara Octavia si Carlos la desengañara; ni Octavia buscara venganza si no la burlara Carlos: pues tenga Octavia ira y pague Carlos tan mal trato, que todo lo merece, pues no faltando en Milán mujeres sin obligaciones con quien pudiera entretenerse, se puso a solicitar, vencer y engañar la que las tenía.
Paréceme que este desengaño tanto es para los hombres como para las mujeres; pero quédese aquí, que me parece que ya don Juan ha venido y hay mucho que decir.
Llegó don Juan al convento donde estaba su hermana, y después de los recibimientos de ausencia tan larga, que ella aplaudió con lágrimas, la preguntó la causa de estar allí y no en su casa, como la había dejado: a que satisfizo Octavia contando su desdicha y poniéndole el papel de Carlos en las manos, pidiéndole de más a más venganza de sus agravios.
Ya he dicho la inclinación de don Juan, más ajustada a travesuras y desgarros que a prudencia; mas en esta ocasión pareció que degeneró algo de su mismo ser, porque reportando el furor que tal suceso era fuerza le causase, con palabras entre airadas y cariñosas respondió a su hermana que tratase, pues había sido loca y liviana, de tomar el hábito y ser religiosa, pues no había otro remedio si no quería perder la vida a sus manos: que lo demás lo dejase a él, que no se quedaría Carlos alabando de la burla.
Después trató por medio de amigos y deudos de su padre, y de joyas de valor que le dio su hermana, pues ya no las había menester porque a otro día tomó el hábito de religiosa, de ajustar la muerte que había hecho y por la que se ausentó de Milán: que habiendo dineros y favores, no fue dificultoso; de manera que antes de un mes se vio libre, paseando por la ciudad.