No se aseguró mucho Carlos cuando supo la repentina venida de don Juan, y más viéndole libre; y sabiendo que Octavia era ya monja, por medio de algunos amigos había procurado aquietarla, ofreciéndola lo que hubiese menester para su nuevo estado.

Mas Octavia jamás se dejó ver de ninguno, con que Carlos quedó menos seguro: mas como veía a don Juan con el descuido que andaba y que le hablaba y trataba con familiaridad de amigo, se sosegó; aunque no dejó de traer dos pistolas en sus faltriqueras, y los criados que andaban con él de la misma suerte; mas parecíale que Octavia no le debía de haber dicho nada, fiándose en el amor que le tenía.

Él pensaba esto y don Juan su venganza, que si la tomara, como era razón, en quien le había hecho el agravio, nadie le culpara; mas vengose de la culpa de Carlos en quien no la tenía: de suerte que hasta en la satisfacción del honor de su hermana fingió sus traviesas inclinaciones, y así pensó una traición que solo se pudiera hallar en un bajo y común hombre, y no de la calidad que don Juan era; y fue que propuso quitarle a Carlos el honor con Camila, como este se le había quitado a él con Octavia.

Miren qué culpa tenía la inocente: será para vengarse en ella de su marido; pues si Octavia quedó burlada de Carlos, ya Octavia no estaba sin culpa, pues se dejó vencer del amor de Carlos, fiada solo de una palabra falsa que le dio. Mas Camila honesta, Camila cuerda, Camila recogida y no tratando sino de servir a su marido, se quiere vengar en Camila. ¡Oh, pobre dama, y cómo tú sola pagarás los yerros de Octavia, los engaños de Carlos y las traiciones de don Juan!

Ya he dicho el uso y costumbre de aquellos reinos, que son los festines que unos días se celebran en unas casas y otros en otras, y que es permitido a las damas, casadas y doncellas, y aun las viudas, el ir a ellos, y a los caballeros, con máscaras y sin ellas, entrar y sacar a danzar la dama que les parece, y en los asientos, si caen junto a ellas, hablar, y ellas no extrañar el agasajar con ellos.

Pues como Camila era recién casada, si bien su condición no era de las más esparcidas, a petición de sus parientas y amigas, y a ruego de su esposo, iba a muchos o a todos; y don Juan, que no se descuidaba, avisado de los en que podía ver a Camila, entraba en ellos con galas y trajes costosos, que para todo había en lo que Carlos había dado a Octavia, luciendo en él más que en otro, por tener gallardo talle y buen rostro, no faltándole lo entendido y airoso: así se supiera aprovechar para obrar bien de ellos.

Empezó a enamorar a Camila con aquello de lo rendido, afectuoso y tierno, acreditándose de amante con suspiros y elevaciones, de que saben muy bien los señores hombres el arancel, pues para tales engaños son muy diestros: y cuando podía tomaba lugar donde pudiese hablar a Camila, celebrar su talle y hermosura, engrandeciendo la dicha de haber merecido verla; y la que no podía ser esto, hacía por sacarla a danzar, y en tal ocasión la requebraba y galanteaba; mas a todo Camila no respondía palabra, gustando más bien acreditarse de necia que de deshonesta; si bien no se atrevía a negar el salir a danzar porque no la sacrificasen por melindrosa.

Lo que hacía era excusarse de ir a ellos la vez que sin nota podía ejecutarlo; mas cuando los ruegos de las amigas y parientas pasaban a importunación, y por este caso a mandárselo su esposo, era fuerza no negarse a ellos, y de esta suerte vino don Juan en varias ocasiones a ponerle en la mano cuatro o seis papeles bien notados, y no mal escritos, que la dama recibió, no por gusto, sino por no dar nota, de los cuales no se puede decir lo que contenían, porque la discreta Camila, por lo dicho, los recibía y no los leía; antes sin abrirlos los hacía pedazos, y al último, ya cansada, le reprendió de su atrevimiento con palabras severas y crueles amenazas; y viendo que no era posible que se aquietase, desistiendo de tal locura, se excusó de todo punto de ellos, y aun de salir de su casa, si no era que fuese con ella Carlos, a quien no dio cuenta del caso por excusarle el riesgo. Pues viendo el mal aconsejado don Juan que por vía de amor no podía salir con su intención, mudó de intento, y procuró con engaño aprovecharse de la fuerza, y consiguiolo del modo que ahora diré.

Un día que supo que Carlos era ido a caza con sus criados y varios amigos, se puso un vestido de los mejores que tenía su hermana, y tocándose y componiéndose de suerte que pudiese parecer mujer, se entró, cubierto con su manto, en una silla y se hizo llevar a casa de Camila, llevando consigo dos amigos de su parcialidad que le hiciesen resguardo; y llegando a la puerta del cuarto en que la dama vivía, bajo y distinto del que el senador habitaba, preguntó por ella, diciendo la quería hablar para un negocio de importancia: y le respondió una criada que estaba en otro cuarto en la misma casa a visitar una amiga que vivía en él.

A lo que replicó don Juan le dijesen que estaba allí una señora principal, que necesitaba de hablarla para un caso de mucho riesgo; y aunque al pronto lo rehusó la criada, por fin lo hubo de hacer, y dicho el tal recado a Camila respondió que estaba en visita y que sería descortesía dejarla, que volviese otro día.