A lo que replicó don Juan que no sufría dilación su necesidad; que aquella señora con quien estaba daría licencia, que ella sería breve y se podría luego volver; por lo que convencida Camila de esto, y de los ruegos de la amiga con quien estaba, pasó a su casa, y viendo a la dama que tenía echado el manto en el rostro, pareciéndole de calidad en el traje y que era recato necesario tener cubierta la cara, creyendo ser su venida a pedirle favor para con su suegro, sin reparar en más, la tomó por la mano y se fue a sentar con ella en un estrado; a lo cual el engañoso don Juan la dijo que se sirviese de oírla en parte más oculta, para que supiese a lo que venía, que era caso de honor, y se pudiese descubrir el rostro; y viendo esto Camila, se entró con ella hasta la cuadra donde tenía la cama y sentáronse en el estrado que estaba delante. Así como don Juan vio sentada a Camila, se levantó y cerró la puerta con la misma llave que estaba en la cerradura, y sacando una daga la dijo:

—A la primera voz que des, Camila, te tengo de esconder esta daga en el pecho, y los que quedan allá fuera a tus criadas; pues sé bien que hombres no los hay en tu casa, que son idos a caza con Carlos, tu traidor esposo: mírame, y conóceme por don Juan de tal (pase así por no nombrarle, que es muy conocido); no el que te enamoraba, como tú juzgabas, cuando te hablaba y escribía en los festines, sino el que deseaba vencerte, para que publicando tu flaqueza quedara vengada mi desdichada hermana Octavia, a quien Carlos tu marido burló y deshonró debajo de la palabra de esposo, a que faltó por casarse contigo, y con su afrenta vengarme de la mía, y después matarle; mas pues fue tan dichoso que tiene mujer que sabe guardar su honor más que mi liviana hermana el mío, haga la fuerza lo que no ha podido la astucia.

Y así como esto dijo, teniéndole la daga puesta al pecho, tan junta que aun matizó la punta con la inocente sangre de la desdichada dama, que medio muerta del temor de ver la muerte tan cerca y de lo que estaba escuchando, conociendo a su traidor amante, que ya tenía el rostro descubierto, no tuvo fuerzas para defenderse, y si lo hiciera, estaba ya tan resuelto y vencido del demonio, que la matara.

Cumplido don Juan su infame deseo, y viendo que Camila se había desmayado, la dejó, y abriendo la puerta salió, no cubierto como entró, sino echado el manto atrás y diciendo:

—Decidle a Carlos, vuestro dueño, que cómo, habiendo burlado a Octavia y deshonrádome a mí, no vivía con más cuidado: que ya yo me he vengado quitándole el honor con su mujer como él me lo quitó a mí con mi hermana: que yo soy don Juan, hermano de Octavia, y ahora que se guarde de mí, porque aún me falta tomar venganza en su vida, ya que la tengo en su honor.

Y como dijo esto, sin atreverse las criadas a hablar, por verle la daga y una pistola en las manos, se entró en la silla, y a los lados los dos que venían con él caminaron a un convento de religiosos descalzos, donde se ocultaron.

Acudieron las criadas a su señora, y halláronla mal compuesta y sin sentido, corriendo sangre del piquete que la daga del traidor don Juan le había hecho en los pechos; empezaron a dar voces, a las cuales acudió la amiga que vivía en casa, que el senador no estaba en ella; y sabido el caso, haciéndola remedios, volvió en sí tan desconsolada y llorosa que daba lástima a quien la miraba, y no hallándose segura de la ira de su esposo, aunque sin culpa, por no haber avisado a Carlos de la pretensión del traidor don Juan y dádole los papeles que la había escrito, aconsejada de la amiga y criadas, todas mujeres sin ánimo, antes que Carlos y el senador viniesen tomó algunos dineros y joyas, las que fuesen bastantes a alimentarla algunos meses, y una criada de las que tenía, y se fue a un convento, debiendo a esto más la vida que a su inocencia; porque encubrírselo a Carlos era imposible, por cuanto el infame don Juan, como no lo había hecho con otro fin que el de deshonrar a Carlos, lo iba publicando a voces por la casa y la calle.

Vino Carlos de su desdichada caza y halló en su cuarto a su padre haciendo extremos de loco, y sabiendo ser la causa del desdichado suceso de su casa, quedó peor que su padre: si bien el viejo senador hablaba ya dislates, mas Carlos callaba, como el que tenía la culpa y la pena en haberse asegurado de la disimulación de don Juan, culpando a Camila de lo que ella por excusarse algún riesgo había callado.

Divulgose el caso por la ciudad, andando en opiniones la conducta de Camila: unos decían que no quedaba Carlos con honor si no la mataba; otros, que sería mal hecho, supuesto que la dama no tenía culpa, y cada uno apoyaba su parecer.

Más de un año estuvo Camila en el convento y Carlos sin salir de su casa, si bien tenía espías para saber si don Juan estaba en la ciudad; mas él se debió poner en tal parte que era excusado buscarle; y si bien todos los que le visitaban le consolaban con la poca culpa de su esposa, y su padre, ya más reportado por no perderse, hacía lo mismo, con todo Carlos no tenía consuelo.