Visitó el senador a Camila en el convento y este día fue de juicio, según las lástimas que la dama hizo con él; quien, asegurado de su inocencia y viendo la disculpa que daba de no haber avisado a su esposo de la pretensión de don Juan, pareciéndole sería su recato, retiro y aspereza bastante motivo para no poner a Carlos en ocasión de perderse, trató con este que hiciese vida con su mujer, pues por parte de ella no había sido su agravio, y poniéndose por medio el gobernador y toda la nobleza de Milán, convino en ello.
Camila salió del convento, bien temerosa, aunque no culpada, y se vino a su casa tan honestamente vestida que mientras vivió no se puso más galas que las que sacó del convento, reducidas a un hábito de picote. Pareció delante de Carlos con tanta vergüenza que apenas alzó los ojos a mirarle, y él la recibió tan severo que no dio indicios de seguridad alguna. Desconsuelo bien grande para Camila, y más cuando vio que Carlos no consintió que comiese ni durmiese con él, ni hablaba con ella más de lo que no podía excusar, con lo que Camila vivía mártir. Sus ojos continuamente no enjutos de lágrimas, y como quien no tenía segura la vida, confesaba muy a menudo en su oratorio, sin salir más a ver ni ser vista de nadie, ni tampoco Carlos lo consintiera.
De esta suerte, y con esta vida, bien arrepentida de haber salido del convento, vivió poco más de un año, al cabo del cual reinó en Carlos el demonio y la dio un veneno para matarla; mas no le sucedió así, porque debía de querer Dios que esta desdichada señora padeciese más martirios, para darle en el cielo el premio de ellos; y fue el caso que no la quitó luego el veneno la vida, mas hinchose toda con tanta monstruosidad que sus brazos y piernas parecían unas gruesísimas columnas y el vientre se apartaba una gran vara de la cintura; solo el rostro no tenía hinchado. Nunca se levantaba de la cama, y en ella estaba como un apóstol, diciendo mil ejemplos y dando buenos consejos a sus criadas.
De esta suerte vivió seis meses, al cabo de los cuales, estando sola en su cama, oyó una voz que decía: «Camila, ya es llegada tu hora». Dio gracias a Dios porque la quería sacar de tan penosa vida. Recibió los sacramentos y otro día en la noche murió para vivir eternamente.
Enterrada Camila, con gran pesar de su muerte en todos los que conocían su virtud, Carlos, tomando dineros y otras joyas de valor, sin dar parte a nadie, ni a su padre, ni llevar consigo ningún criado, se desapareció una noche, con que dio a su padre bien desconsolada vejez porque no tenía otro hijo ni hija, tanto que le obligó a casarse por tenerlos.
Sospechose que Carlos había partido a buscar a su enemigo don Juan, si acaso supo parte segura donde estaba, mas de ninguno de los dos se supo jamás nueva alguna.
Octavia profesó, siendo la más dichosa, pues trocó por el verdadero Esposo el falso y traidor que la engañó y dejó burlada.
Este caso me refirió quien le vio por sus ojos, y que no ha muchos años que sucedió y me lo afirmó por muy cierto; y más os digo, que no se ha disimulado en él más que la patria y nombre, porque aún viven algunas de las partes en él citadas, como son Octavia y el senador, padre de Carlos, casado y con hijos de su segundo matrimonio.
No tengo que decir a las damas otro desengaño mayor; que habiendo oído el que he contado, ni las con culpa ni las sin culpa están seguras de la desdicha, que a todas se extiende su jurisdicción; y si esta desdicha la causan los engaños de los hombres, o su flaqueza, ellas mismas lo podrán decir, que yo, como he dicho, si hasta ahora no conozco los engaños, mal podré avisar con los desengaños.
Congojada y sonrojada acabó la hermosa Lisarda el pasado suceso, no por faltarle caudal a su entendimiento, que le sobraba para mayores desempeños, sino por huir de culpar de todo punto a los hombres en las desdichas que suceden a las mujeres, por no enojar a don Juan; el cual por alentarla la dijo: