—Cierto, bellísima Lisarda, que habéis tenido tanta gracia y donaire, así en el desengaño que habéis dicho como en las reprensiones que a las damas y caballeros habéis dado, que se puede desear, sin que seáis enfadosa, que digáis mal, y tenerlo todos por favor.

—Lo cierto es —dijo doña Isabel—, que si como es este sarao entretenido fuera certamen, la hermosa Lisarda merecía el premio. Mas de mi voto digo que soy del parecer de Carlos, que no dejó Camila de tener alguna culpa en callarle la pretensión de don Juan a los principios, que con eso se avisara a Carlos, quien sabía el agravio de su hermana.

—Eso fuera —replicó Lisis— si Camila supiera el amor de Carlos y Octavia: pues aunque se murmuraba en la ciudad, Camila, como forastera, no lo sabría; y no sé qué mujer habrá en el mundo tan necia que se atreva a decir a su marido que algún galán la pretende, pues se pueden seguir de eso muchos riesgos, y el mayor es a un hombre seguro de celos despertarle para que los tenga y no viva seguro de su mujer, supuesto que la fineza del amor es la confianza; pues aunque algunos ignorantes dicen que no es sino los celos, lo tengo por engaño; que el celoso, no porque ama más guarda la dama, sino por temor de perderla, envidioso de que lo que es suyo ande en venta para ser de otro; y así no perdió a Camila eso, pues creo que hizo como cuerda y honesta, pareciéndole, como así fuera si el falso don Juan no buscara aquella invención diabólica para su venganza, que su resistencia y recato la libraran del deshonesto amor de don Juan.

No la perdió, como digo, sino la crueldad de Carlos, pues así como se cansó de Octavia, siendo hermosa, y no teniéndola por propia, hastío que empalaga a muchos, o a todos, también le cansaría Camila, y para eso mejor fuera dejarla en el convento o divorciarse de ella, y no después de haberle dado tan triste vida, quitársela.

El desengaño le da y le dará a muchas, pues como dice el señor don Juan, mi prima Lisarda ha dado a todos documentos tan cuerdos que por ello le doy las gracias.

Con esto que dijo la hermosa Lisis cesaron de ventilar la culpa y disculpa de Camila, dando lugar a la linda doña Isabel que, acompañada de los músicos, cantó este romance:

¿Adónde vas, dueño mío,

Que aquesos pasos que das,

Es dar heridas al alma,

Con que la dejas mortal?