Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire, dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños; y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:

—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.

Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo; porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque, bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.

De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables, fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.

¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así, por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas, pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo, diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no ser descorteses.

¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien, porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores para hechas que para dichas.

De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza; y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.

Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas mismas hacen buenos a los hombres.

En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se verá en este desengaño, digo así:

En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.