Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el honor y ellas la vida.
¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha? ¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego no hay quien sepa su valor!
No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.
Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición, si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.
Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de la ciudad.
Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos galanteos.
No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos, mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia: solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.
Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.
Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho, creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche, sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:
Como la madre a quien falta