Siempre vuestro me eternizo;

Siglos durará mi amor,

Pues para vuestro he nacido.

Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo consintiera.

Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna áspera y cruel respuesta.

Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró sacar la causa de sus desvelos.

Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho, le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena; y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.

Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido, grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.

Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una, la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés, llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer; y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella, con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía, después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don Diego, porque casaba una sobrina.

No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo, pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.