—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo, y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.

Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.

Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:

—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio; ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja, y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde hubieres de hablarla.

Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés, dándole cuanto consigo traía.

En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se engañaba.

Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que, viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.

Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés, bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito, encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando muy más enamorado de su doña Inés que antes.

Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.

De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano, y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy contentas con la burla.