Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato, y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y si lo hace, es por poco tiempo.

Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.

Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la dijo:

—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me olvidaríais.

Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:

—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.

—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa, y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto, que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en frente de vuestra casa, que fue con vos.

Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser; y volviendo a don Diego le dijo:

—¿Cuánto habrá eso que decís?

—Poco más de un mes —replicó él.