Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.
Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que cantaron este romance:
Cuando te mirare, Atandra,
No mires, ingrato dueño,
Los engaños de sus ojos,
Porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades,
Que si ve en tus ojos ceño,
Tendrán los livianos suyos
En los tuyos escarmiento.