A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo, sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no tiene vista.

Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto, ¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.

Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada; y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos mismos su castigo.

Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con el endemoniado encanto había caído en tal yerro.

La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un lastimoso suspiro dijo:

—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos, nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos abiertos.

Y vuelta a las damas, las dijo:

—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?

Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos, flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa; y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho, que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres, pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los buenos.

—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la naturaleza, respondería que porque se usa.