—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de que has de ser mi remedio después de Dios.
—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.
Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado, avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás, porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería, dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.
Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la flor de su edad.
En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo, como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.
Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar desnuda causaba, cubierto con una capa.
En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas, de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo que le mandaba su marido.
La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió, que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego traído.
Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo la vista no fue posible restaurársela.
El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo, los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar perdón, por ser el delito de tal calidad.