Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.

¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por no morir desesperada.

Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba, movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:

—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.

—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me tengas lástima?

—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer, y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del que padeces.

—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora, porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie, o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.

—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.

—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea luego, que le importa mucho a mi alma.

—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que pides.