Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.

Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído, para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.

En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada, habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.

Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía el secreto de aquel cerrado aposento.

Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.

Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la comida la decía mil oprobios y afrentas.

Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad: la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.

Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de aquella forma.

Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo percibir que decía estas razones:

—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia, castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?