Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.

Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo todos a nobleza; y el corregidor la dijo:

—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís, pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.

Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela se apagaba y ella volvía como de un sueño.

Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.

Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido, que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni fuese a su casa hasta que se viese con él.

El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo; mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel, y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía menor castigo.

Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.

Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención, se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus sentimientos y lágrimas.

Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo; y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.