Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer; y vuelto a ella, le dijo:
—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.
Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir, habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.
Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al infelice don Diego:
—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada, y no poneros en tan costosas veras!
Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada, y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama, echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que ella tenía la llave.
—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado sin sentido, pues eso preguntáis!
A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.
En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía, y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos, enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.
Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés, a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se hubiera quitado la vida.