—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo en mis brazos!
A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:
—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.
Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera como absorto, se volviera loco de alegría.
Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido, que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:
—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?
Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido, y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó del balcón, se puede creer que la diría:
—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.
De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.
Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa con la vela encendida en la cabeza.