Si de los dioses merecer pudiera
Encantado gozarte muchos años.
Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios, sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le prometía, como quien era, de hacerle matar.
Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena, habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.
Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.
Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde; la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las manos, que tenía encaminadas a él.
Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no la echase en una hoguera bien encendida.
Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra pintura y de un árbol.
Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.
Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía, de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta, se volvió a la cama diciendo: