NOCHE CUARTA.


DESENGAÑO CUARTO.


EL VERDUGO DE SU ESPOSA.

A los últimos ecos del estribillo se levantó la hermosa Nise de su asiento, y haciendo una cortés reverencia, se pasó al desengaño, y con mucho donaire y despejo dijo:

—Por decreto de la hermosa y discreta Lisis me toca esta noche el cuarto desengaño; y aunque pudiera esta audiencia cerrarse con los referidos, pues son bastantes para que las damas de estos tiempos estemos prevenidas con el ejemplo de las pasadas a guardarnos de no caer en las desdichas que ellas cayeron por dejarse vencer de los engaños disfrazados en amor de los hombres; por que no me tengáis por alguna de las engañadas, pues si mi corto entendimiento me ayuda espero no serlo, y aunque mi desengaño no sea de tanta erudición como los referidos, ocupo este lugar, advirtiendo que, supuesto que la hermosa Lisis manda que sean casos verdaderos los que se digan, si acaso pareciere que los desengaños hasta aquí referidos, y los que faltan, los habéis oído en otras partes, habrán sido contados por quien, como yo y las demás desengañadoras, lo supo por mayor, mas no con las circunstancias que aquí van hermoseados, y no sacados de una parte a otra, como hubo algún ignorante o envidioso que lo dijo de la primera parte de nuestro sarao.

Diferente cosa es novelar solo con la inventiva un caso que ni fue ni pudo ser, y este no sirve de desengaño sino de entretenimiento, a contar un caso verdadero que no solo sirva de entretener sino de avisar; y como nuestra intención no es de solo divertir sino de aconsejar a las mujeres a que miren por su opinión y teman, con tantas libertades como el día de hoy profesan, no les suceda lo que a las que han oído y oirán les ha sucedido, y también por defenderlas, habiendo dado los hombres en la opinión, por no decir flaqueza, de ser contra ellas, hablando y escribiendo como si en todos tiempos no hubiera habido de todo, buenas mujeres y buenos hombres, y al contrario, malas y malos, y así no vea libro ni comedia en que encuentren una mujer inocente ni un hombre con defectos.

Toda la carga de las culpas es al sexo femenil, como si no fuese mayor la del hombre, supuesto que ellos quieren ser la perfección de la naturaleza. Luego mayor delito será el que hiciere el perfecto que el imperfecto; más pesada es la necedad del discreto que del necio; y así, es bien se sepa que, como hay mujeres livianas, hay hombres mudables, y como interesadas, engañosos, y como libres, crueles; y si se mira bien, la culpa de las mujeres la causan los hombres.