Caballero que solicitas la doncella, déjala, no la inquietes, y verás como ella, aunque no sea más de por vergüenza y recato, no te buscará a ti: el que busca y desasosiega la casada, no lo haga, y verá que cuando no la obligue la honestidad, el respeto y temor de su marido le hará que no te solicite ni busque; y el que inquieta la viuda, no lo haga, que no será ella tan atrevida que aventure su recato, ni te busque, ni pretenda; y si las buscas y solicitas, y las haces caer, ya con ruegos, ya con regalos, ya con dádivas, no digas mal de ellas, pues tú tuviste la culpa de que sean débiles.
Esto es respecto a las mujeres de honor, que las que tratan de vivir con libertad, ¿qué quieres sacar de ellas sino lo que pretendes, que es entretenerte y quitarte tus dineros, que para eso te admiten? Y pues ya lo sabes, ¿para qué las culpas de que hacen su hacienda y destruyen la tuya, y luego te quejas que te engañan? Vosotros sí os queréis engañar, y la causa de todo esto yo la diré ahora.
Encuentras una mujer en la calle; dícesla cuatro palabras; óyelas sin averiguar si tú las dices de veras o burlando; píntasete honrada y que no la ve el sol; créeslo, necio; convídasla con tu posada; acepta, va a ella; ¿pues cómo de una mujer que tan fácil se rinde a tus deseos podrás creer no haga con otros lo mismo en apartándose de ti? Y si piensas diferente, tú eres el que te engañas; que ella con su misma facilidad avisa.
¿Pues para qué te quejas de ella ni la ultrajas? Ella hace su oficio: si te ruega y busca, no la admitas, que su misma deshonestidad te avisa muy claramente que no eres tú el primero; y si te agradó algo, y la sigues, no te quejes de nadie, pues sabes muy bien que cada uno ha de hacer como quien es.
He aquí como no tienen la culpa las mujeres, sino los hombres, en quienes ha de estar la cordura, el buen lenguaje, la modestia y entendimiento; pero ya no se hallan estas virtudes, sino todo al contrario. ¡Ay, qué de buenas hubiera si los hombres las dejaran! Mas ellos hablan y ellas escuchan, y de mentiras bien alhajadas ¿quién no se deja vencer?, y más si, convertida la pretensión en tema, esta misma las está incitando a todas horas.
Esto basta, y pluguiera a Dios sirviese para enmienda; y para que se vea que, si Camila perdió con su esposo por callar las pretensiones de don Juan, en el desengaño que ahora diré no le sirvió a otra dama para asegurar su crédito con su marido avisarle de las pretensiones de otro don Juan, aunque el cielo abonó su causa; y con estas prevenciones prosigo de esta suerte:
En la ciudad de Palermo, en el reino de Sicilia, hubo en tiempos pasados dos caballeros nobles, ricos, galanes, discretos, y sobre todo, para que fuesen estas gracias de naturaleza y fortuna más lucidas, eran hijos de españoles que habiendo sus padres pasado a aquel reino a ejercer cargos que su rey les encomendó, se casaron y avecindaron allí, como sucede cada día a los españoles que allá pasan.
Eran sobre lo dicho don Juan y don Pedro (que estos son sus propios nombres) tan grandes amigos, por haberse desde niños criado juntos, mediante la amistad de sus padres, que en diciendo «los dos amigos», ya se conocía que eran don Pedro y don Juan: juntos paseaban, de una misma forma vestían, y en no estando don Pedro en su casa le hallaban en la de don Juan, y si faltaba este de la suya era seguro que estaría en la de don Pedro; porque un instante no se hallaban divididos, pues, aunque vivían en casas distintas, todo lo más del tiempo estaban juntos.
Sucedió pues en medio de este extremo de amistad tratar a don Pedro un casamiento con una rica y principal señora de la ciudad, con tanto extremo de hermosura que ninguno la nombraba que no fuese con el aplauso de la bella Roseleta, que este era su nombre.
Efectuose el casamiento, para que fuese esta señora como bella desgraciada, que por la mayor parte se apetece lo mismo que viene a ser cuchillo de nuestras vidas; y aunque don Juan se halló a las bodas de su amigo, que se celebraron con mucha fiesta y aparato, no debió de mirar la belleza, gracia y donaire de Roseleta; y si la miró, fue como a mujer de su amigo: freno que si le durara siempre, fuera tenido por verdadero.