No por temor de sí, que hasta entonces no había ni aun imaginado cupiera en él la menor ofensa de don Pedro, sino por excusar murmuraciones, que esto es lo que ha de mirar la verdadera amistad, considerando no parecerle bien asistir tanto como solía a la casa de don Pedro, excusaba cuanto podía ir a ella; y como este, por ser recién casado y con tan linda dama, estuviese enamorado como amante y cuidadoso como marido, no podía ir tan a menudo como antes a la casa de su amigo.

Sentíalo ternísimamente, y con este sentimiento la vez que veía a don Juan le daba sentidas quejas, diciéndole que si entendiera que por casarse le había de perder, aunque los méritos de su esposa eran tantos, lo hubiera excusado, y con esto le rogaba mudase el propósito, acudiendo a su casa de la misma suerte que antes, que él estaba cierto que Roseleta tendría el mismo gusto que conocía había en él.

Con palabras cuerdas y afables se excusó don Juan muchas veces de la petición de su amigo; mas viendo era imposible el reportarle, hubo de condescender en darle gusto, entrando en casa de don Pedro con la familiaridad que antes, comiendo y cenando los más días con él y su esposa: la cual, viendo lo mucho que su marido amaba a don Juan, le recibía con un honesto agrado.

Ya he dicho que don Juan no había mirado a la bella Roseleta, aunque se halló a sus bodas; y aquí se conoce que una cosa es mirar y otra ver: viola don Juan en estas ocasiones, y admiró en ella una tan singular belleza que sin querer llevaba y atraía la vista de cuantos la miraban, y juzgó a don Pedro por el hombre más dichoso del mundo.

De aquí le renació una envidia de no haber él merecido tal prenda, no faltando en él méritos para haberla alcanzado, que enamorose de todo punto de la mujer de su amigo tan loca y perdidamente que, aunque quería retenerse de mirarla, no le era posible, pues en llegando a mirar una mujer humana con asomos de divinidad, quedaba otra vez perdido; mayormente al contemplar debajo de una honesta gravedad tal donaire y gracia, mezclado con un divino entendimiento, y no solo se aventuraba a perder sus honrados designios, mas la misma vida; en tales términos que, por más que los intentaba, no podía reprimir con el freno de la razón el desenfrenado caballo de su voluntad.

Con grandes desasosiegos se hallaba el triste caballero, y en viéndose a solas, él mismo se reprendía, diciendo: «¿Qué es esto, traidor don Juan? ¿Qué viles pensamientos son estos? ¿Qué enemigo mortal de mi amigo don Pedro los tuviera? ¿O de quién supieras tú que intentaba el agravio de tu amigo, que no le hicieras pedazos? ¿Pues qué dirá de ti el mundo si llegase a saberlo, sino, o que no eres de sangre noble, o has perdido el juicio? ¡Oh, amigo don Pedro, y qué engañado vives en el amor que tienes a este desleal amigo, que ha dado lugar a tan viles e infames pensamientos! Mejor fuera decírtelo, para que tomaras venganza de tan desleal y traidor amigo. ¡Ay Roseleta, nunca mis desdichados ojos vieran tu más que celestial hermosura, acompañada de tan innumerables gracias! ¡Oh, si nacieras fea! ¡Oh, si no fueras mujer de don Pedro! No, no me ha de vencer tu hermosura: viva el honor de mi amigo, y muera yo, pues fui tan liviano que he tenido tan ruines deseos.»

Con este propósito se determinaba a no amar a Roseleta, pero en vano, porque en volviéndola a ver, toda su fortaleza daba en tierra y, rindiendo con ella sus potencias, lo ponía todo a los pies de Roseleta.

Con estos combates andaba tan triste y distraído que, si comía, se le olvidaba el bocado de la mano a la boca, y si le hablaban, parecía que no entendía o respondía a despropósito. Notaba don Pedro la tristeza de su amigo; a solas, y delante de su esposa, le preguntaba la causa de ella; más él se excusaba con decir que él mismo la ignoraba.

Muchos días pasó don Juan con estas imaginaciones, ya perdiéndose y ya volviéndose a cobrar, hasta que, rendido a ellas, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad en que llegó muy al cabo, asistiéndole don Pedro y visitándole algunas veces Roseleta.

En fin, ya con salud y volviendo a la casa de su amigo como antes, se resolvió, aunque aventurase cuanto había y el honor, que era lo más, a decir a Roseleta su amor en hallando ocasión; y vínole a propósito porque un día, comiendo con don Pedro y su esposa, estando tan triste y divertido como siempre, le dijo don Pedro: