—Cierto, amigo don Juan, que puedo estar verdaderamente quejoso y agraviado de vuestra amistad, pues no se compadece de tenerla los dos desde nuestra primera edad, como todos saben, y que me calléis la causa de vuestra tristeza, haciéndome sospechar muchas cosas de ella que agravian vuestra calidad y la mía: porque, ¿qué cosa os puede obligar a estar, como os veo y he visto también, en términos de perder la vida, que no se pueda comunicar conmigo aunque fuera contra vuestro honor? Por Dios os pido que me saquéis de esta confusión.

Viendo don Juan que de callar podía imaginar alguna cosa, y también por empezar a poner la primera piedra en el cimiento de su pretensión, le dijo:

—Cierto, amigo don Pedro, que el haberme recatado de haberos dicho mi pena, ni ha sido falta de voluntad, ni menos el tener por sospechosa vuestra amistad, sino de vergüenza de que ninguno sepa mi flaqueza, que es bien grande por haberme rendido a un pensamiento que me cueste lo que veis y habéis visto; y así, para sacaros de ese cuidado, con licencia de vuestra esposa, os lo diré. Sabed que, desde que vi la hermosura de Angeliana, una dama de esta ciudad a quien pienso conocéis, estoy de la manera que veis, porque es tanta su severidad y desvío para conmigo, que aunque he procurado que sepa mi pasión, no ha querido oír ni recibir papel ni recado de mi parte, y esto me trae tan triste y desesperado que si no es quitarme la vida, no me queda otra cosa. Esta es la ocasión, y no otra; ved si hacía bien en callarla; pues es vileza que el corazón de un hombre se rinda a una mujer con tanto extremo que le ponga en el que yo me veo.

No era así como don Juan decía, que en esta ocasión había ya gozado a Angeliana, si bien desde que vio a Roseleta se le había entibiado aquel amor.

Consolaban don Pedro y su esposa a don Juan, lastimados de su pena, aconsejándole que pues Angeliana era de la calidad que todos sabían, y no tenía padres, que la pidiese por esposa a sus deudos, que todos estimarían tenerla por tal.

A esto respondió don Juan que era lo cierto lo que le aconsejaban; mas que, aunque la quería ternísimamente, no tenía voluntad de casarse hasta que entrase en más edad.

De esta manera pasó más de dos meses sin tener lugar de declararle a Roseleta su amor, si no era con los ojos y ansiosos suspiros que ella no entendía, ni creía que fuesen sino por Angeliana; hasta que un día, estando comiendo con Roseleta y don Pedro, le vino a buscar un caballero con quien había de averiguar unas cuentas; y porque no entrase dentro donde estaban comiendo él y su esposa con don Juan, se levantó de la mesa y salió fuera.

Viendo don Juan tan buena ocasión, no la quiso perder, y como su amorosa voluntad estaba ya resuelta y determinada, temblando la voz y con un suspiro que parecía rendir entre él el alma, la dijo:

—¡Ay, hermosa Roseleta, y qué desdichado y dichoso fue el día en que te conocí y vi tu realzada hermosura, dichoso por haber gozado mis ojos de tu celestial vista y desdichado en contemplarte ajena, pues quedé privado del bien de merecerte! No es Angeliana la causa de mi tristeza, sino tú, hermosa señora, que eres el ángel en que idolatra mi voluntad; no te digo esto porque me des remedio, que morir por ti es mi apetecida vida, y amando pienso llegar al fin de ella, sino porque si me ves triste, tú eres la causa y no Angeliana; que ojalá me favorecieses tú como ella me favorece, mas ya no la estimo desde que te conocí.

Más quisiera decir don Juan, y aun pienso que se alargara más su atrevimiento, porque Roseleta estaba fuera de su sentido de enojo, si a este tiempo no entrara don Pedro y estorbara que don Juan fuera más atrevido. Acabose la comida y Roseleta se retiró rabiando de cólera, y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, estando don Juan bien contento por haber declarado su amor a la dama.