Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decirla ni una sola palabra, porque ella se recataba tanto, y huía de no darle más atrevimientos, que ya estaba pesaroso de haberlos tenido por no perder su vista; porque Roseleta muchas veces, por no salir a comer con don Juan, fingía repentinos accidentes; y otras que no lo podía excusar, no alzaba los ojos a mirarle.
Ya un día que todos tres habían acabado de comer y estaban sobre mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de Angeliana.
—Muy mal —dijo don Juan—; pues porque los días pasados tuve lugar de intimarla mi pasión y los desvelos que me cuesta su hermosura, se me ha negado de suerte que apenas se deja ver; y si la veo, es con un ceño que me quita la vida, a cuyos enfados la he hecho unos versos que, si gustáis, os los quiero leer.
—Mucho gusto me daréis —dijo don Pedro, aunque a Roseleta le pesó, como quien ya sabía a quién dirigía don Juan todas aquellas cosas: y si no fuera por su esposo, se levantara y se fuera.
Y sacando don Juan el papel, leyó lo siguiente:
Si es imposible vivir,
Amado dueño, sin vos,
Que pida al tiempo que vuele,
No será muy grande error.
La gloria que tengo en veros,