Muerto soy,
La vida se me acaba;
¡Ay qué rigor!
Alabó don Pedro el romance, y no me espanto, que era apasionado de las cosas de don Juan, su amigo, que aunque fuera peor, le pareciera bien: mas su esposa, que desde que le empezó a decir estaba reprimiendo la cólera porque vio al blanco a que tiraba, y con ella dejaba y tomaba su rostro mil alejandrinas rosas, con semblante entre risueño y altivo le dijo:
—Cierto, señor don Juan, que ya vuestro amor deja de serlo y toca en locura o temeridad; si conocéis que esa dama no gusta de que la améis, o por su honestidad, o porque no se agrada de vuestras pretensiones, porque no le están bien a su honor, que es lo más cierto, pues no porque una mujer sepa que un hombre la ama, si es en menoscabo de su opinión, está obligada a amarle, ya os pudierais cansar de querer vencer un imposible: sino que los hombres empiezan amando, acaban venciendo, y salen despreciando; porque en viendo que una mujer se les resiste, ya no por amarla, sino por vencerla, trocando el amor en tema, perseveran para vengarse de los desprecios que les ha hecho; y quieren que una mujer, aunque no quiera, los quiera, y no sé qué ley hay para que, si la tal es cuerda y tiene honra, se aborrezca a sí por querer a otro: y más si sabe que el tal amor no es para darle honor sino para quitársele. Si no os quiere, dejadla y amad a otra, que os amará y os costará menos cuidados, y os excusaréis de riesgos; pues de mí digo que si entendiera que había en algún hombre atrevimiento para poner en mí el pensamiento, ¿qué digo pensamiento?, a mirarme con ojos de quitarme la opinión, si diciéndoselo a mi esposo no le quitara la vida, lo hiciera yo por mis manos.
No sintió bien don Juan la reprensión que Roseleta le dio, porque con ella le amenazaba; mas don Pedro rio mucho el enojo de su esposa por volver por Angeliana: y llevando a don Juan consigo, se salió de casa muy descontento del desdén de su dama; mas no por eso se apartó de su pretensión; antes mientras más imposible lo miraba, más se perdía, y se determinó a no dejar de amar y porfiar hasta vencer o morir: y con esta bien desleal intención, para lo que debía a la verdadera amistad de su amigo, sin temer ponerse al riesgo que Roseleta le había intimado, la escribió en diferentes ocasiones cuatro papeles, que hizo que llegasen a sus manos por cautela y con apoyo de una criada; mas de ninguno tuvo respuesta, ni aun pudo saber de la tercera, que con engaño se los daba, si los había leído, hasta que al quinto, Roseleta, después de haber reñido a la criada su atrevimiento, le envió a decir con ella misma que se quitase de tal locura, porque si pasaba adelante su infame pretensión, se lo diría a su esposo.
No temió don Juan la amenaza de la dama, por parecerle imposible que ninguna mujer tuviese atrevimiento de dar parte a su marido de caso semejante, por lo que podría perder con él, supuesto que le advertía del daño a que estaba expuesta y de la quietud que debe tener un casado, en razón de la confianza que es justo tener y le despertaba a celoso, enfermedad en el casado muy peligrosa, y así pensó que no lo haría, aunque lo proponía, y que era más porque se excusase de molestarla; y con esto le envió el sexto papel, que decía así:
Qué poco siente mis penas
Tu corazón de diamante;
Qué ingrata miras mi amor,