Fue el capitán don Pedro (cuyo apellido por justos respetos se calla) natural de la ciudad de Vitoria, una de las principales de Vizcaya, por su amenidad, grandeza y nobleza que en sí cría.

Desde sus tiernos años se inclinó a las armas, ejercicio usado entre nobles. Gastó la flor de su mocedad en la guerra, si se puede decir gastar, sirviendo a su rey con tanto valor, por cuyo bien empleado trabajo alcanzó del católico y prudente don Felipe II honrosos cargos en ella, hasta que, pidiendo su noble ejercicio el merecido premio de sus servicios, el cristiano rey don Felipe III honró su persona con un hábito de Santiago y seis mil ducados de renta, librados en la encomienda del mismo hábito.

Casó en Segovia (ilustre ciudad de Castilla, tan adornada de edificios como de grandeza de caballeros, enriquecida de mercaderes que con sus tratos extienden su nombre hasta las más remotas provincias de Italia) con una dama igual en nobleza y bienes de fortuna.

De este matrimonio tuvo un hijo, el cual llegando a los años de discreción, heredando los nobles y alentados respetos y pensamientos de su padre, a imitación suya y codicioso de sus hazañas, quiso mostrar su mocedad en mostrar su valor y granjear alguna de las que a su padre sobraban; y así, con gusto suyo y una bandera, cuyo suplimiento alcanzaron los méritos de su padre, pasó a Italia a servir a su rey en la famosa guerra que tenía con el duque de Saboya.

Tenía el capitán don Pedro un hermano que por ser mayor gozaba el mayorazgo de sus padres, que no era de los peores de su tierra, y por heredera la más bella hija que en toda aquella provincia se hallaba. Era Aminta de catorce años cuando a la puerta de los de su padre llamó la muerte, cruel fiscal de las vidas.

Y sintiendo el cristiano caballero más que la partida de este mundo el dejar su hermosa hija sin más amparo que el del cielo, pues aunque le quedaba bastante hacienda para casar noblemente, viéndola quedar sin madre que la gobernase y enseñase, era para su corazón nuevo tormento, aunque la virtud de su hija le animaba, y viendo que sin remedio se llegaba el fin de su vida, hizo su testamento, y dejando a su hija por dueño de todo, nombró a su hermano por testamentario y cumplidor de su alma, suplicándole por una carta que antes de su muerte escribió, tomase a su cargo el remediar y casar a su sobrina, pidiéndole encarecidamente la emplease en quien la mereciese. Y hecho esto durmió el último sueño, rindiendo el alma a su Criador y el cuerpo a la tierra.

Recibió el capitán la carta de su hermano, solemnizando con lágrimas las ternezas de ella, y pareciéndole que estaría mejor su sobrina en su compañía y en el amparo y crianza de su mujer, se partió para ella, con acuerdo de los dos, de que estaría bien empleada en su hijo, pareciéndole, y era bien, que no podía emplearla mejor.

Llegose el capitán a su tierra, y después de estar en ella algunos días, acomodando y poniendo en orden la hacienda, dejando en su administración un mayordomo fiel que la gobernase, dio la vuelta a Segovia; entró en ella la hermosa Aminta, si bien en el nublado del luto, para ser su sol, su asombro y su admiración, dando a las damas envidia, y a los galanes deseos, con tal extremo, que en pocos días se llenó la ciudad de su fama; no teniéndose por dichoso quien no la había visto; alabando cada uno lo que más en ella estimaba: unos la hermosura, otros la discreción; este la riqueza, y el otro la virtud. Finalmente, de todos era llamada milagro de esta edad, y la octava maravilla de este tiempo.

No faltando luego ojos atrevidos y deseos codiciosos, que aficionados a sus gracias y honestos desenfados, quisiesen por medio del matrimonio ser dueños de tal joya, y algunos o los más, que viendo que su tío cerraba la puerta a todos, con decir que Aminta había de ser mujer de su hijo, pretendiese rendir por amor el honesto pecho de la dama, la cual contenta de que su tío la emplease tan bien, apartaba cuanto podía sus ojos de estas ocasiones, esperando con mucho gusto la venida de su primo y esposo, que ya le había enviado a llamar, pareciéndole que no había otro bien sino su vista; como mujer que no sabía de amor, ni de otra cosa que de la voluntad y gusto de sus tíos.

Mientras el primo venía, pasaba Aminta una vida alegre, libre y regalada; tanto, que gozando al lado de su tía todas las fiestas y holguras de la ciudad, a pocos meses olvidó la pena de la muerte de su padre, siendo su vista, para los miserables que defraudados de gozarla no se hallaban sino cargados de penas y amorosos deseos, un basilisco que mataba sin dar esperanzas de vida; y con saber que esto era sin remedio, no desmayaban, ni volvían atrás de su pretensión.