Amar por solo amar es premio honroso.
Pocos hubo en la sala que no entendiesen que los versos cantados por la bella Lisis se dedicaron al desdén con que don Juan premiaba su amor, aficionado a Lisarda, y naturalmente les pesó de ver tan mal pagada la voluntad de la dama, y a don Juan tan ciego que no estimase tan noble casamiento; porque aunque Lisarda era deuda de Lisis, y en la nobleza y hermosura iguales, le aventajaba en las riquezas.
Quien más reparó en la pasión de Lisis fue don Diego, amigo de don Juan, que sabía la voluntad de Lisis y despegos de don Juan, por haberle contado la dama sus deseos; y viendo ser tan honestos que no pasaban los límites de la vergüenza, propuso pedirle a don Juan licencia para servirle, y tratar su casamiento.
Y así por principio comenzó a engrandecer, ya los versos, ya la voz; y Lisis, o agradecida o falsa, quizá con deseos de venganza, comenzó a estimar la merced que le hacía, con cuyo favor don Diego pidió licencia para que la última noche de la fiesta sus criados representasen algunos entremeses y bailes, y darles la cena a todos los convidados; y concedida, tan contento como don Juan enfadado de su atrevimiento, dio lugar a Matilde para contar su maravilla; la cual habiendo trocado con Lisarda, empezó así:
—Ya que la bella Lisarda ha probado en su maravilla la firmeza de las mujeres, cifrada en las desdichas de Jacinta, razón será que siguiendo yo su estilo en la mía, a lo que estamos obligadas, que es a no dejarnos engañar de las invenciones de los hombres, o ya que como flacas y mal entendidas caigamos en sus engaños, saber buscar la venganza, pues la mancha del honor solo sale con sangre del que le ofendió.
El caso sucedió en esta corte, y empieza así:
NOVELA SEGUNDA.