Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada, había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que padeciese Roseleta.
A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio, porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos, que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:
A pesar de la fortuna
Que su vista me quitó,
Sin ser aurora en mis brazos,
Ayer Febo amaneció,
Vertiendo risa en las flores
Con su divino esplendor,
Dando perlas a las fuentes,
Lustre, ser y admiración.