Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia, ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba sentimientos, mas en otros cautela.

—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada Roseleta?

Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le consolase, pues que él se estaba consolando.

Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría de él en la otra.

Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre, porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde acabó en paz.

Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida, deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra hablando.

Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a nosotras mismas.

Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que temer y advertir lo que era justo que todas miren.

Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa, pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.

Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado, si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.