Bien pensaréis, señores, que estos prodigiosos sucesos serían causa para que don Pedro estimase y quisiese más a su esposa, conociendo cuán honesta y honrada era: pues no solo había defendido su honor de las persuasiones de don Juan, sino avisádole de ellas para que pusiese remedio y se vengase: pues no fue así; que con los crueles y endurecidos corazones de los hombres no valen ni las buenas obras ni las malas; que de la misma suerte, como no sea a su gusto, estiman lo uno que lo otro, pues en ellos no es durable la voluntad y por esto se cansan hasta de las propias mujeres; y si no las arrojan de sí como a las que no lo son, no es porque las aman, sino por su opinión.
Así le sucedió a don Pedro, que, o fuese porque se cansó de la belleza de Roseleta (por tenerla por plato ordinario, y quisiera mudar y ver diferente cara), o por hallarse corrido de lo que había sucedido con don Juan, viendo que se había divulgado por la ciudad, pues no se hablaba de otra cosa; y como el vulgo es novelero y no todos bien entendidos, cada uno daba su parecer; unos, si don Pedro había satisfecho su honor con lo que había hecho, pues aunque se suponía no haber tenido efecto la culpa, para el honor del casado solo el amago basta, sin que dé el golpe: otros, poniéndolo en la honestidad de Roseleta, decían si había sido o no, juzgando si la motivó diferentes accidentes que la honestidad a avisar a su marido de las pretensiones de don Juan, y a esto anteponían el entrar tan de ordinario en su casa: otros, que no cumplía con la ley de honrada si no lo hiciera; de manera que en todas partes se hablaba y había corrillos sobre el caso, señalando a don Pedro con el dedo. «Este —decían— es el que tornó a matar el ahorcado.» Otros respondían: «Buen lance echó, bien desagraviado quedó.»
Todo esto traía a don Pedro avergonzado, y con tal descontento que, sin mirar cómo el cielo había sido autor de la defensa de don Juan, y que él estaba ya puesto al amparo de la misma que se le había dado para que él no ejecutase su venganza, lo vino a pagar todo su inocente esposa, aborreciéndola de modo que, ante sus ojos, era un monstruo y una bestia fiera.
Opúsose a la hermosa y desdichada dama para que lo fuese de todo punto, si ya no bastaba verse aborrecida de su esposo, Angeliana, aquella dama que al principio dije que don Juan amaba cuando se enamoró de Roseleta, y que la había gozado con palabra de esposo; la que como supo el suceso, rabiosa de haber perdido a don Juan por causa de Roseleta, se quiso vengar de entrambos; de la dama, quitándola su marido, y de don Juan, agraviándole con su amigo.
Era libre y había errado, causa para que algunas se den más a la libertad; que esto habían de mirar los hombres cuando desasosiegan las doncellas, que va sobre ellos el enseñarlas a ser malas.
Poníase en las partes más ocasionadas para que don Pedro la viese; y aunque no era tan hermosa como Roseleta, los ademanes libres, con otras señas que con lascivos ojos le hacía, como ya él aborrecía a su esposa, le atrajeron de suerte que vino a conseguir su intento, de modo que don Pedro se enamoró de ella, entrando en su casa, no como recatado amante, sino con más libertad que si fuera su marido; y como a cariño nuevo le asistía más, faltando en su casa no solo al regalo y agasajo de su esposa sino también al sustento de su familia, no bastándole su hacienda y la de su mujer para que Angeliana destruyese; que siempre para las cosas del diablo sobra y para las de Dios falta.
Vino a ser tan pública esta amistad que la ciudad la murmuraba y Roseleta no la ignoraba, por donde, impaciente, se quejaba, viniendo a tener entre ella y don Pedro los disgustos acostumbrados que sobre tales casos hay entre casados; y por esto, y ver que se disminuía su hacienda, no disfrutándola ella, se determinó a escribir un papel a Angeliana, amenazándola que si no se apartaba de la amistad de su marido, la haría quitar la vida.
Este papel dio Angeliana a don Pedro con grandes sentimientos y lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.
Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose de la ocasión de Angeliana.
Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba, no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido, después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos habían visto.