Entró en la ciudad encomendándolos a Dios, y llegando a su casa se acostó, sin hablar nada a ninguno de sus criados, que estaban admirados de su tardanza por ser ya más de media noche, la cual pasó hasta que fue de día con mucha inquietud.

Como viese la luz, se vistió y se fue a casa de su amigo don Pedro, que estaba durmiendo con su mujer, contento con haberse vengado, y de modo que nadie sabía qué se había hecho don Juan; y entrando en la calle, como le viesen los criados de don Pedro que habían asistido a su muerte, más admirados que don Juan había estado la noche antes, fueron a su amo y despertándole le dijeron:

—¡Señor, la mayor maravilla que ha sucedido en el mundo!

—¿Y qué es? —replicó don Pedro.

—Que don Juan está vivo, y viene acá —respondieron ellos.

—¿Estáis en vuestro juicio —dijo don Pedro—, o le habéis perdido? ¿Cómo puede don Juan venir ni estar vivo? Pues si no muriera de las heridas que le dimos, era imposible salir del pozo con las piedras que le echamos encima.

—En mi juicio estoy, que no le he perdido; y digo que viene sano y bueno —dijo el uno de ellos—, y vesle sube por la escalera.

—Y ¡vive Dios! —dijo el otro—, que está ya en la antesala, que no las tengo todas conmigo, esté vivo o muerto.

Cuando esto se acabó de decir ya don Juan estaba en la cuadra, dejándolos a todos como los que han visto visiones, y más a don Pedro, que no podía creer sino que era cuerpo fantástico.

Entrando pues don Juan, se echó a los pies de don Pedro, pidiéndole perdón de los agravios que no había cometido, aunque los había intentado; y a Roseleta de sus atrevidas y locas pretensiones, contando sin que faltase nada de lo que le había pasado, dejando a todos tan confusos que apenas acertaban a responderle; y hecho esto, despidiéndose de todos, haciendo primero quitar los cuerpos que estaban en la horca, y haciéndoles un honroso entierro, mandándoles decir muchas misas, se fue a un convento de religiosos carmelitas descalzos, y se entró fraile, tomando el hábito de aquella purísima Señora que le había librado de tan manifiesto peligro.