—No sabes bien cómo te lo pago —dijo el hombre— y los gustos que te estorbo; y para que no nos cansemos, que quieras que no quieras he de ir yo adonde tú vas; y más, que no has de quedar aquí donde estamos, que el caballo lo has de atar a aquel árbol que está allí desviado, y tú te has de subir a otro apartado de él, donde no puedas ser visto: ten atención a lo que vieres y oyeres, y entonces conocerás a cuál de los dos importa más que vaya, tú o yo.
Embelesado estaba don Juan oyéndole, con mil asustadas palpitaciones que el corazón le daba, que le hacían temblar todo el cuerpo sin poder aquietarle, aunque se aprovechaba de todo su valor y ánimo, pareciéndole prodigioso todo lo que veía; y sin replicar más tomó su caballo, y atándole al árbol que el hombre le había señalado, se subió en otro no muy lejos de él, aguardando a ver en qué paraba la porfía de aquel hombre, el cual en viéndole puesto en parte segura, caminó a la quinta; y de lo que más se maravilló don Juan fue de ver que no encaminó a la puerta; antes, dando vuelta por junto a las tapias, se fue a un portillo que en la huerta había, que era por donde él estaba avisado que había de entrar, porque no fuese visto de la gente que en la quinta había, acordándose muy bien que él no le había dicho esta circunstancia.
Llegó el ahorcado al portillo, y apenas saltó por él, que era como de algo menos que un estado de hombre, cuando don Pedro y sus criados, que estaban en centinela, pareciéndoles ser don Juan, disparando a un tiempo las pistolas le derribaron en tierra, y luego que le vieron tendido fueron sobre él y dándole muchas puñaladas le cogieron y echaron en un pozo muy hondo, arrojando sobre él cantidad de piedras que tenían apercibidas.
Sin sentido quedó don Juan oyendo desde el sitio en que estaba el ruido de las bocas de fuego, sin poder imaginar qué fuese, y no hacía sino santiguarse; y más le creció la admiración cuando de allí a un cuarto de hora vio abrir las puertas de la quinta y salir por ellas tres hombres a caballo, que, como llegaron a emparejar con el de don Juan y los sintió, relinchó; a lo que uno de los tres dijo:
—Es el caballo del señor, no subirá más en él —y pareciole en la voz y en el talle a su amigo don Pedro.
—¡Válgame el cielo, qué es esto! —decía el espantado caballero—, ¿qué es lo que me ha sucedido y sucede? ¡Don Pedro y sus criados en la quinta! ¡No dejarme ir aquel hombre que quité de la horca! ¡Oír ruido de pistolas! ¡Decir don Pedro aquellas expresiones!
Y con estos pensamientos, así como los perdió de vista y que habían tomado el camino de la ciudad, se bajó del árbol y, queriendo ir hacia la quinta, llegó el hombre todo bañado en sangre y mojado, dando con su venida a don Juan nuevas admiraciones, quien le dijo:
—Pídote por Dios que me desates de tantas dudas y saques del cuidado en que estoy con las cosas que esta noche me han sucedido; que, o pienso que sueño, o que estoy encantado.
—Ni sueñas ni estás encantado —respondió él—, yo te lo aclararé todo. ¿No viste a don Pedro, tu amigo, y a sus criados? ¿No oíste lo que dijeron? ¿Pues tan ignorante eres que no sacas de eso lo que puede ser? Vesme como vengo; pues todas estas heridas me han dado, creyendo ser tú, y luego me echaron en un pozo, y muchas piedras sobre mí, y aun pienso que don Pedro no quedó vengado de tu traición y falsa amistad, de que Roseleta, su mujer, le dio cuenta poniéndole en la mano tus papeles, y por orden suya te escribió ella para que, viniendo aquí, su marido te diese el castigo que merecen tus atrevimientos; y mira lo que los cristianos pecadores debemos a la Virgen María, Madre de Dios y Señora nuestra, que con venir, como venías, a ofender a su precioso Hijo y a ella, se obligó de aquella Ave María que la rezaste cuando saliendo de la ciudad tocaron a la oración, y de una misa que todos los sábados le haces decir en tu capilla, donde tienes tu entierro y el de tus padres, y le pidió a su precioso Hijo te librase de este peligro que tú mismo ibas a buscar; y su divina Majestad, por su voluntad (quizá para que siendo este caso tan prodigioso y de admiración, tú y los demás que lo entendieran sean con más veras devotos de su Madre), me mandó viniese de la manera que has visto para que, tomando a los ojos de don Pedro y sus criados tu forma, lleven creído que te dejan muerto y sepultado en aquel pozo, y tú tengas lugar de arrepentirte y enmendarte: ya te he librado y dicho lo que tan admirado te tiene: quédate con Dios, y mira lo que haces y que tienes alma, y que esta noche has estado cerca de perderla con la vida: yo me voy adonde estaba cuando Dios me mandó que viniera a librarte, que yo muerto estoy y no vivo; y acuérdate de mí para hacerme algún bien.
Diciendo esto, dejando a don Juan más confuso y asombrado que hasta allí, se le desapareció de delante; y es cierto que a no valerse de todo su ánimo cayera allí sin sentido; mas haciéndose mil veces la cruz en su frente, y dando muchas gracias a Dios y a su bendita Madre, desató su caballo y, subiendo en él, tomó el camino de la ciudad con nuevos pensamientos, bien diferentes de los que hasta allí había tenido; y como llegó en frente de la horca, miró hacia ella y vio a los tres hombres como antes estaban.