—Yo te beso, señor, la mano —dijo el hombre—, y doy gracias al cielo que te encaminó por esta parte.

Al fin, tratando en esto y en otras cosas, descubrieron la quinta, que estaba en medio de una deleitosa arboleda, por haber en aquella tierra muy hermosos jardines, y la quinta la tenía de las mejores de cuantas por aquel prado había. A tiro de arco de ella bajó don Juan del caballo, y haciendo el hombre lo mismo, le dijo:

—Quédate aquí con este caballo, y aguárdame, que yo voy a un negocio preciso, que es el que me sacó esta noche de mi casa, que presto daré la vuelta para que nos volvamos a la ciudad, o te avisaré de lo que has de hacer.

—No, don Juan —replicó el hombre—, no andas acertado en eso que me mandas, que a ese negocio a que vas que importa tanto, yo lo tengo de hacer y tú eres el que te has de quedar aquí con el caballo.

Riose don Juan de voluntad, y respondiole:

—¿Pues sabes tú lo que yo vengo a hacer, o cómo puedes tú suplir la falta que yo haré?

—Esa es la gracia —respondió—, que sé a lo que vienes, y he de suplir la que tú vienes a desempeñar.

—Acaba —dijo don Juan—, que estás porfiado en vano y perdemos tiempo.

—Ya yo lo veo —dijo el ahorcado— que perdemos no solo tiempo, mas las palabras, y tú eres el porfiado, y así toma el caballo, que esto ha de ser; yo he de ir y tú te has de quedar.

—Cansado eres, y a saber esto no te hubiera traído conmigo, que si supieses los ratos de gusto que me quitas en detenerme, no me pagarías descortés el beneficio que esta noche te he hecho.