—¿Hay para Dios imposible que lo sea? Cuando quiere librar una vida, aun enterrado lo puede hacer, como sea su voluntad.
—¿Pues cómo lo haremos —dijo don Juan—, que no hay con qué subir allá arriba, y si corto la soga podrás caer y hacerte daño?
—Vuelve las ancas al caballo, y como con la espada cortes la soga, yo me quedaré después de pies en él.
Hízolo así el admirado caballero, y como cortó la soga, se quedó el hombre sentado en las ancas del caballo.
Hecho esto, volvieron a su camino, pareciéndole a don Juan siglos lo que se había detenido: tanto deseo tenía de llegar donde esperaba gozar toda su gloria en los brazos de Roseleta; y yendo por él, le dijo:
—Dime ahora cómo ha sido esto que habiéndote ahorcado estés vivo.
—Yo estaba inocente del delito que me levantaron, confesé de miedo del tormento, y así fue Dios servido de guardarme la vida.
—La cosa más rara y milagrosa que se ha visto es esta —dijo don Juan.
—Sí es —dijo el hombre—, mas ya ha sucedido en otros, como se ve en el milagro de Santo Domingo de la Calzada en España, que hasta hoy se guardan las memorias en el gallo y la gallina, que resucitaron para crédito de que el mozo que habían ahorcado quince días había estaba vivo, que Dios como padre de misericordia acude con ella a quien le ha menester, como ha hecho a mí, y aun a ti, pues quiso traerte por esta parte a tiempo que me pudieses socorrer y fueses la mano por donde se cumpliese la voluntad divina.
—Bendito sea —dijo don Juan—, que lo ordenó así, pues cuando no fuera mi venida para el gusto que espero gozar de ella, por haberte socorrido a tal tiempo, la doy por muy bien empleada y te prometo como caballero no desampararte mientras viviere, porque la necesidad no te obligue a hacer por donde te veas otra vez en tan desventurado lugar como te has visto.